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Diciembre 19, 2008

Agenda para Obama desde América Latina

Archivado en: General — Info @ 5:15 pm

No sirve preguntar qué hará el nuevo presidente de EE.UU. en la región, sino elevar propuestas propias y de consenso.

La elección de Barack Obama ha abierto grandes expectativas de cambio no sólo en los Estados Unidos sino en América latina, donde se quiere presagiar un cambio de época entre ese país y esta región. Pero ¿de qué época se habla cuando se hace referencia a dicho cambio?

Puede pensarse en una época corta referida a los dos períodos presidenciales de George W. Bush, blanco principal de las críticas no sólo respecto de la política exterior de Estados Unidos sino de todo el gobierno. Y también en una época larga, con interrupciones parciales, que sería, al menos en política exterior, la de los gobiernos republicanos que siguen a la era Kennedy y que se inician con Nixon y siguen con Ford, Reagan, Bush padre e hijo. Los gobiernos de Carter y Clinton significaron importantes interrupciones en este período largo, el primero a través de la política de derechos humanos que fue de enorme importancia para la América latina de las dictaduras militares, y el otro con una política internacional más dialogante y proclive a visiones progresistas.

Esta época larga se caracterizó por la prepotencia norteamericana no sólo en el mundo sino también en nuestra región, primero a través de su liderazgo en el mundo bipolar de la Guerra Fría y las diversas intervenciones militares directas en diversos países y luego con su liderazgo unilateral en el momento de la globalización neoliberal. El gobierno de Bush no fue sino la culminación de esa época y de esa política, llegando al extremo de arriesgar una nueva guerra mundial mintiéndole a la humanidad y buscando destruir todos los mecanismos institucionales que ésta se había dado para resolver conflictos. Nadie puede tampoco negar su responsabilidad en la peor crisis económica desde la gran depresión.

Pero el mal causado afectó también profundamente la calidad de la sociedad norteamericana: buscó hacerla más miserable y egoísta, como si hubiera querido reducirla a la misma calidad moral del gobernante y los grupos de poder a su alrededor. Y lo que despertó Obama, tanto por su identidad y trayectoria como por su discurso y programa, fue precisamente el rechazo moral a Bush y los sectores gobernantes, pero también a lo que esa época y este período particular significaron en el moldeamiento de una imagen de EE.UU. en el mundo.

De modo que lo primero que puede esperarse de la era Obama es un clima mundial mejor y más sano, donde se restablezca la confianza en las instituciones supranacionales y donde Estados Unidos se subordine a los grandes acuerdos en materia de medio ambiente, equidad económica y justicia internacional, aceptando que la era de imposiciones y amenazas terminó y que hay que reconocer y promover el equilibrio de poderes mundial.

Para América latina este clima significa un reconocimiento a su existencia como tal más allá de los dos o tres países en que los intereses norteamericanos parecen fijarse y abandonando la política de dividirla en países o gobiernos buenos y malos, amigos o enemigos, lo que al menos implica una revisión de la política hacia Cuba y Venezuela principalmente y un nuevo trato a los inmigrantes de la región hacia esa nación, replanteando la política migratoria, reconociendo la plena ciudadanía de esta población y terminando con el trato vejatorio a todos los que se desplazan, bajo el pretexto de la seguridad norteamericana.

Si la responsabilidad del cambio de clima recae en el gobierno de Estados Unidos y parece producirse por el solo hecho del ocaso de Bush y la presencia de Obama, los contenidos de una nueva relación implican una responsabilidad latinoamericana.

La pregunta por lo que puede esperarse del nuevo gobierno parece conllevar una actitud pasiva frente a tendencias que no pueden sino ser pesimistas en lo que se refiere, por ejemplo, a proteccionismo y política migratoria. Pareciera que la política norteamericana hacia América latina sólo depende de los intereses norteamericanos y no también de las demandas y posturas de nuestros países. En este sentido, en vez de preguntarnos por el cómo nos afecta el cambio de gobierno o qué podemos esperar de éste, lo que corresponde es preguntarnos por el qué queremos esperar o cómo queremos que nos afecte.

Y aquí la respuesta no puede responder a demandas nacionales aisladas, es decir, a que cada uno negocie por su cuenta, entregando la negociación a los intereses del más poderoso. Tampoco la iniciativa debiera quedar entregada exclusivamente a aquellos países que son el objeto único de interés de los Estados Unidos ya sea por cuestiones geopolíticas, económicas o de fronteras.

Estamos ante la ocasión propicia para que un nuevo trato entre América latina y los Estados Unidos sea promovido por el conjunto de la región. Ello supone un planteamiento como una voz que parta de los intereses particulares de sus miembros -especialmente de los más afectados- haciéndose todos ellos avales de los más necesitados. Pero más allá de tales demandas lo que cabe es proyectarse como un solo interlocutor, como uno de los bloques que negocian su inserción en el mundo globalizado y que exige ser reconocido como tal.

La política norteamericana hacia la región debe ser la contraparte de una política latinoamericana hacia ese país. Es evidente que ello supone la existencia real de América latina como un bloque, de lo que estamos muy lejos tanto en lo que refiere a tensiones entre intereses nacionales como en capacidad de negociación o institucionalidad donde elaborar proyectos comunes y fijar consensos políticos que no sean sólo coyunturales.

Pero también es cierto que son ciertas ocasiones las que permiten dar saltos sustantivos aprovechando las precarias instancias que tenemos. Y ésta es una de esas pocas y grandes ocasiones en que podemos preguntarnos como región cómo vemos y qué queremos de esta nueva época.

De lo contrario serán los intereses y visiones del “otro” o de algunos más poderosos entre nosotros los que vuelvan a predominar dejando a la región sin proyecto ni política de largo plazo, es decir, inexistente en el panorama mundial.

http://www.clarin.com/diario/2008/11/30/opinion/o-01813007.htm

Octubre 29, 2008

La Política retoma su rol ante la Economía

Archivado en: General — Info @ 12:55 am

La crisis obliga a tomar una serie de intervenciones estatales, corrigiendo la visión unilateral del neoliberalismo.

Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 26 de Octubre del 2008

Con el título de “‘Malestar global? Dilemas de cambio” se llevará a cabo en Santiago de Chile el Congreso Mundial de Ciencia Política en julio del próximo año. Hasta hace unos meses ése parecía ser un título relativamente pasado de moda, una especie de “revival” de los noventa de los países subdesarrollados o en desarrollo, por parte de europeos y norteamericanos que recién empezaban a sentir lo que nuestros países sentían hace décadas. Hoy con la crisis financiera este título vuelve a cobrar vigencia y urgencia. El malestar global se dirige precisamente a la causa que provocaba una situación de descontento generalizado pero vago al que se llamaba globalización.

Lo que la era del mercado des-regulado o del neoliberalismo proclamó y hoy llega, esperamos, a su fin, fue el predominio irrestricto de la economía sobre la política estigmatizando el papel de ésta, vaciando de contenido y haciendo así irrelevante a las democracias que se expandían por primera vez en la historia en toda la región. Quizás el símbolo principal de todo ello era la crítica ideológica al Estado y la receta práctica de las privatizaciones y desregulaciones. Algunos ideólogos, obnubilados con el neo-liberalismo, calificaban a los defensores de la política y del papel dirigente del Estado como perfectos idiotas, hasta que desde los mismos Estados Unidos a través del mismo Fukuyama al que apelaban, les hizo ver su ignorancia respecto de esos puntos. Uno de estos periodistas, que sí pertenece al club de los perfectos idiotas del neoliberalismo se ve en la humillación de tener que entrevistar al nuevo Premio Nobel de Economía que le muestra el fracaso absoluto de esta ideología y que ve en la siniestra alianza entre ideólogos economistas y mediáticos, gran capital financiero y el gobierno de EE.UU. a los únicos verdaderos culpables de la actual crisis mundial. Nada menos que Paul Samuelson remata esto con la lápida sobre Friedman y sus seguidores. El denigrado Galbraith regresa en gloria y majestad, y la solución por la cual todos claman es la intervención estatal y política sobre la economía. Y la palabra de moda hoy es “nacionalización” o “estatización”. Es la derrota de los verdaderos perfectos idiotas. Pero a un precio que la humanidad no debiera haber pagado.

Hace unas décadas, una elite de los países subdesarrollados se dejó encantar por las modas que venían del Norte y que se basaban en una crítica radical a los esfuerzos, no siempre logrados, que rehacían en nuestros países por salir de la dependencia y el sub-desarrollo. No hay que olvidar que el enemigo principal del neoliberalismo fue el modelo cepaliano y desarrollista. Afortunadamente, tanto la CEPAL como las visiones de centroizquierda que proclamaban la primacía de la política sobre la economía, sin dejar de reconocer la autonomía relativa de ambas, no sucumbieron pese a los esfuerzos que se hicieron desde los grandes poderes fácticos para desprestigiarlas y hacerlas desaparecer y en nuestra región desde hace algún tiempo están teniendo una segunda oportunidad.

Se podrá discutir si una u otra medida de solución de la crisis es más o menos adecuada. Pero el sentido de cualquiera de ellas es unívoco: mayor intervención del Estado, mayor control de los mercados, mayor protección de los empleos y fondos de los grandes sectores vulnerables. Y aquí estamos frente no a un conjunto de medidas parciales, sino frente a la necesidad de un nuevo conjunto de reformas estructurales, a un giro en el sentido exactamente contrario al modelo que se impuso en la década del noventa y que se corrigió sólo parcialmente por parte de organismos internacionales y de algunos gobiernos democráticos: el paso de un capitalismo liberal de mercado que aspira a ser al final una sociedad de mercado, a un capitalismo regulado que abre paso a otras formas de organización de la economía controlada por la política y el Estado y, por lo tanto a un modelo de tipo socialdemócrata y de Estado de protección social

Y en este sentido, la cuestión emblemática de las nacionalizaciones o estatizaciones cobra todo su valor. No se trata de un salvataje del sistema financiero por parte del Estado para volver a la misma situación en un par de años más, como fuera la compra de la deuda bancaria que hiciera la dictadura militar chilena en los ochenta para salvar a sus grupos de apoyo civil, sino de utilizar la intervención estatal y la pérdida de legitimidad de los grandes poderes financieros para generar un nuevo orden socioeconómico. Y ello obliga a revisar también la cuestión de la institucionalidad política.

Porque un Estado dirigente y con mayor capacidad de intervención, que nacionaliza parcial o totalmente, por lo que entra a participar en el patrimonio de las empresas intervenidas, requiere a su vez control político y ciudadano.

Si la regulación y la participación del Estado en la dirección de las empresas estatizadas o la creación de empresas estatales en ámbitos financieros o de la previsión (como se discute en el caso chileno) y otros para ofrecer alternativas al mercado y a los poderes económicos privados, parecen medidas indispensables y relativamente obvias, no están claras cuáles son las instancias políticas que aseguren que la orientación de estas intervenciones será la generación de un nuevo orden económico a nivel nacional, supranacional regional y mundial, y qué tipo de institucionalidad puede crearse para garantizar un control ciudadano.

Es el momento de dar carne a las reformas políticas orientadas a retomar el control responsable de la economía pero también de darles sustento práctico a las tan difundidas proclamaciones del papel de la ciudadanía y la sociedad civil que muchas veces se quedan en retóricas también antipolíticas y antiestatales, pero no generan mecanismos de vinculación entre ciudadanía, política y Estado que efectivamente subordinen a los grandes poderes económicos. Instancias como el Congreso Mundial de Ciencia Política de Santiago 2009 adquieren su verdadero sentido en la medida en que ponen en el debate público la investigación y discusión de las nuevas formas concretas de superar el actual malestar global.

 

Agosto 19, 2008

En busca de más calidad democrática

Archivado en: General — Info @ 2:39 am

Después de superar el pasado autoritario,
los países de Latinoamérica tienen una nueva agenda institucional y social.

Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 17 de Agosto del 2008

Terminadas las transiciones y asegurada una consolidación de los regímenes post-dictatoriales, a pesar de las desestabilizaciones y caídas de presidentes bajo presión popular -problemática central de los ochenta y noventa y comienzos de esta década-, una nueva cuestión se hace predominante: es la calidad de la democracia conquistada y consolidada. Si bien es cierto que desde la instalación misma de los nuevos regímenes existió en varios sectores la preocupación por el tipo de democracia que se estaba gestando, ella fue menor frente al tema de la mera existencia del régimen democrático y a los riesgos iniciales de reposición de dictaduras, y también se orientaba más a la herencia o enclaves legados por éstas que a los rasgos nuevos de la vida política. Hoy que este riesgo parece lejano, la calidad de las democracias latinoamericanas ocupa el lugar principal del análisis y debate político.

De eso dan cuenta rankings e indicadores que se ofrecen, sea a partir de encuestas que miden subjetividad, o a través de datos que se extraen de la realidad institucional o del funcionamiento efectivo de las democracias. Ellos pueden ser de resultados socioeconómicos, de calidad de las instituciones o de niveles de satisfacción o una combinación de algunos o todos ellos.

Hay tres aspectos, sin embargo, de los que estos rankings o indicadores no dan cuenta. El primero de ellos se refiere a que la mera existencia de determinadas instituciones, propias de la democracia, en determinados contextos no garantiza su carácter democrático. Por ejemplo, la presencia de elementos constitucionales antidemocráticos o el hecho que una Constitución haya sido heredada del régimen dictatorial sin la generación de una nueva y democrática. O, al revés, elementos que en una determinada sociedad pueden satisfacer los estándares democráticos, en otras pueden mermar la calidad de esa democracia. Es lo que ocurre con los sistemas electorales. Se ha hecho un lugar común afirmar que éstos son neutros y que uno no es más democrático que otro. Y lo cierto es que si uno examina los efectos en una sociedad, se dará cuenta de que no es igualmente democrático un sistema que otro y que los bienes que todo sistema electoral busca garantizar, como proporcionalidad, pluralismo, participación, no quedan igualmente garantizados en determinada sociedad por un sistema que sí puede garantizarlo en otra. Así se pueden cumplir todos los requerimientos de elecciones libres, competitivas y transparentes y el resultado no ser la expansión y profundización democrática sino la conformación de una elite cerrada y excluyente. Lo mismo ocurre con la conformación del Poder Judicial o las relaciones Ejecutivo-Legislativo, por nombrar algunos temas que no pueden ser analizados con criterios cuantitativos y que ponen un límite al análisis comparativo. Cuando el análisis de la calidad democrática en un sistema de rankings e indicadores que no muestran la historicidad de cada situación deja de ser una manera más de analizar y se transforma en la única, estamos frente al predominio de la razón tecnocrática y mediática por sobre la deliberación argumentativa que es la esencia del análisis democrático. Para decirlo muy directamente y con un ejemplo, no deja de ser grosero que un país como Chile, que no tiene una Constitución democrática, que tiene un sistema electoral excluyente y que le da a la minoría un poder de veto, un Poder Judicial con jueces que defienden la impunidad por las violaciones de derechos humanos, aparezca en los primeros lugares de los rankings de calidad democrática .

El segundo aspecto tiene que ver con que, sin minusvalorar la autonomía de la democracia política, la calidad de ésta se ve afectada necesariamente por elementos socioeconómicos y culturales. La cuestión de la igualdad efectiva de derechos, que toca a uno de los principios éticos fundantes de la democracia política y que exige la distribución equitativa del poder y la riqueza y la existencia de una verdadera comunidad socioeconómica, y la cuestión de la diversidad cultural, que no impide sino fortalece la cohesión social, son elementos que si bien no pueden considerarse como condición de existencia de los regímenes democráticos, son indispensables de considerar a la hora de evaluar su calidad. La ausencia de estas dimensiones en los rankings de democraticidad, desfigura absolutamente los análisis comparativos y los transforma a veces en instrumentos más ideológicos que científicos.

El tercer aspecto, del que daba cuenta Fernando Vallespín hace unas semanas en la reunión de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política de Costa Rica, se refiere a que no siempre en la evaluación de la calidad de la democracia se tiene en cuenta la transformación de las democracias representativas a través de partidos políticos en democracias orientadas por la lógica mediática en que el demos, ciudadanía o electorado, los candidatos y también los que ocupan los más altos puestos de representación, dejan de responder a las opciones partidarias y quedan capturados en la lógica de los medios de comunicación, que es todo menos el reino de la democracia deliberativa o argumentativa, aunque en determinados contextos los medios puedan jugar un papel de gran importancia democrática, siempre que no sean la única fuente de información y análisis y que no domine la idea de que no se existe si no se está en los medios. La transformación de los medios en poderes fácticos limita el carácter democrático de los procesos políticos, lo que se agrava en situaciones en que ni siquiera existe el pluralismo dentro de ellos. Para decirlo con ejemplos, es evidente que la Italia de Berlusconi es menos democrática que muchas democracias que aparecen más bajo que Italia en los rankings, aunque figure en un lugar alto en esas mediciones. Y eso se puede aplicar en nuestros propios países también.

No se trata de negar el valor que puedan tener los índices y rankings de la calidad democrática, sino de señalar sus límites y profundizar los análisis con argumentos que den cuenta de los contextos históricos y del sentido que en esos marcos tienen tales índices.

Agosto 1, 2008

Más allá del rescate en Colombia: la cuestión del Estado

Archivado en: General — Info @ 3:22 am

La ausencia del Estado, así como su escasa eficiencia, originan los principales problemas de Latinoamérica.

El rescate de Ingrid Betancourt y otros rehenes de las FARC, sin duda que ha alegrado a todo el mundo y con razón, pues no hay ninguna causa que permita resistirse a tal euforia. Sin embargo, estamos también obligados a ir más allá de este momento para reflexionar sobre su enorme significación. Por un lado, y contrariamente a lo que han planteado fuerzas políticas y mediáticas, parece inconducente buscar ganadores y perdedores políticos que no sean, éstos últimos, las FARC mismas y una visión sobre la revolución y el cambio social por la vía violenta y las armas. Porque precisamente lo que ha sido derrotado es la idea que el cambio radical de sociedad puede y debe hacerse de esa manera en nuestras circunstancias, lo que pudo justificarse debido al clima ideológico de un momento, pero que ya el mismo movimiento guerrillero de Chiapas habìa desechado al criticar la toma del poder por un grupo militar.

Por otro lado, tampoco la liberación de Betancourt debiera llevar a la exaltación de la vía militar para resolver situaciones que no sean sólo militares y que tengan algo de político. No sólo porque no está claro aún si no hubo negociaciones subterráneas, lo que hubiera sido perfectamente legítimo pero debiera en algún momento transparentarse, sino porque aunque hubiera sido sólo una operación militar, ella debiera ser siempre un último recurso. En este sentido, quienes dentro o fuera del país estuvieron por buscar la liberación en forma negociada no debieran ser considerados como los perdedores. Es más, probablemente sin los pasos de negociación previos fracasados o no, no hubiera existido operación militar exitosa.

Más allá de estos hechos, que debieran llevar a nuevas liberaciones y al término definitivo del conflicto en Colombia, éste vuelve a poner el tema central del Estado en América Latina. Porque si es evidente que en Colombia el conflicto que expresan en conjunto las FARC, el narcotráfico y los para-militares, tiene su origen en la ausencia o déficit de estatalidad, este fenómeno está en el origen también de la mayor parte de problemas por los que atraviesan el resto de nuestros países. Ni los que afectan al resto de los países andinos ni los que originaron las crisis económicas de otros ámbitos de la región, dejan de estar penetrados por esta cuestión del Estado. La paradoja es que en la región quienes están por soluciones militares a los problemas políticos son los mismos que han buscado deslegitimar y reducir al mínimo o hacer desaparecer el Estado. Y lo que las crisis políticas y económicas muestran es que sólo se sale de ellas con más, más fuerte y más legítimo Estado. Y que ello supone no sólo el elemental aspecto que el Estado tenga el monopolio legítimo de la fuerza y de instituciones que lo controlan en toda la extensión del territorio, sino que también tenga todos los recursos materiales, institucionales, simbólicos y humanos para cumplir su misión de agente de unidad, desarrollo e inserción de la nación en el mundo globalizado.

Lo que está en cuestión hoy día es precisamente el modelo de Estado para el tipo de problemática que enfrentan nuestras sociedades y también la resignificación de la función de defensa nacional. En la mayor parte del siglo XX se desarrolló en la región un modelo de Estado que correspondía a esas características y que pudo llamarse Estado desarrollista, nacional-popular, populista. Los dos grandes déficit de este Estado fueron por un lado, que muy pocas veces se sostuvo en regímenes democráticos y, más grave aún, que su enraizamiento en la sociedad fue precario y quedó a merced de élites y grupos de poder al final más preocupados de sus intereses que del desarrollo. Todo lo cual redundó en ineficiencias y débil institucionalidad. Las reformas neo-liberales intentaron cambiar este modelo de Estado interventor ya fuera por reducirlo a su insignificancia, ya fuera para convertirlo en subsidiario del mercado que pasaba a ser el agente principal de crecimiento.

Su fracaso fue total en la generación de un nuevo Estado, pero lograron desarticular y descomponer el Estado previamente existente. Muchos gobiernos democráticos han intentado en el último tiempo hacer reformas parciales que corrijan las anteriores. Pero, más allá de los avances y defectos de estas llamadas “reformas” del Estado, hay que señalar que su problema básico es que, por tratarse de medidas, mecanismos o instrumentos precisamente parciales y muchas veces disociados de las llamadas reformas políticas, a diferencia del Estado desarrollista o del mismo Estado neo-liberal carecen de un modelo o proyecto de sociedad y de Estado. De modo que la primera cuestión que debe enfrentarse es cuál es el Estado que se quiere reemplace a los anteriores, lo que implica pensar en una nueva matriz de relación entre él, el sistema de representación y la sociedad o actores sociales mismos y ello en los planos local, regional, nacional y supra-nacional.

Mirando hacia delante, también la función de defensa nacional deberá sufrir cambios radicales en su significación, pasando de los aspectos militares a los que se refieren principalmente a temas como la defensa de los recursos y del medio ambiente. Y es muy probable que la función militar que ha querido destacarse en demasía en el caso de la crisis colombiana actual y su salida, deba ir reduciéndose al aporte que pueda hacerse a misiones multinacionales de paz o a la defensa de un bloque latinoamericano supranacional.
 

Julio 4, 2008

Salvador Allende, el político, el socialista, el Presidente.

Archivado en: General — Info @ 8:58 pm

Los cumpleaños y los aniversarios de nacimiento son las únicas fechas en que a las personas se les celebra o recuerda por lo que son o por el regalo que fueron para los otros sus vidas. Eso que generalmente debiera ser el centenario del nacimiento de cualquier persona, en el caso de alguien como Salvador Allende, cede paso al recuerdo del personaje, y se deja a los más cercanos, a sus familiares principalmente, el recuerdo de los rasgos más personales. Aunque, como todos sabemos, si al hablar de la persona no vemos bien cómo sería el personaje, al hablar de éste sí estamos hablando de toda la persona.

Todo ello, porque mi recuerdo de Salvador Allende es más bien precario en el plano personal: relaciones de amistad lejana con mis padres y una breve conversación personal a comienzos de 1973 cuando me había nombrado Embajador de su gobierno en Cuba, cargo que nunca alcancé a ejercer. De modo que la significación de Salvador Allende la viví como la mayor parte del país, lo conocí y lo viví a través de la triple dimensión del personaje, el político, el lider de izquierda, el Presidente del gobierno de la Unidad Popular.

Allende fue un político y consagró su vida a la política. Como tal, era tal miembro de la clase política chilena. Tenía, por lo tanto de ella, todas las virtudes y, por supuesto, porque hablamos de seres humanos y no de santos o semidioses,  muchas de sus debilidades. Siempre he sostenido que el país debe enorgullecerse de su clase política más que de cualquier otro sector, especialmente de aquélla que constituyó la generación de Allende, aunque pienso que finalmente también de las que le siguieron en los períodos democráticos. Principalmente porque eran capaces de combinar la triple lealtad a sus proyectos y visiones políticas, a los sectores sociales y político-partidarios que representaban y al marco institucional en que se desenvolvían, aun cuando lucharan por cambiarlo.

 Las excepciones a ello fueron mínimas y Allende fue uno de los políticos que con más coherencia vivió esta lealtad. Entre los defectos de esa clase política estuvo, al final de los sesenta, la dificultad de ir más allá de sus propios proyectos para constituir proyectos mayoritarios que combinaran democracia y cambio social. Recordarlo en su natalicio es rendir homenaje a esas virtudes, reconocer también los defectos  que esa clase política tuviera y luchar contra las desvalorizaciones de la política y los abandonos de las lealtades en que pudiera incurrir parte de nuestra clase política actual.
 
Allende  fue un lider de la izquierda chilena, de su Partido Socialista, no siempre comprendido por éste, pero de toda la izquierda. Como tal la representó en cuatro elecciones presidenciales. Como tal, tambíen expresaba las mejores virtudes de la izquierda, entre las que estaban el compromiso con los pobres y desfavorecidos, con lo mejor de la producción cultural e intelectual del país, con los proyectos de transformación socio-económica dentro del marco democrático. Toda la vida política de Allende se identifica con el desarrollo de esas virtudes. Entre las debilidades de la izquierda estuvieron, también hacia los sesenta, una cierta ambigüedad discursiva, aunque no en la práctica donde nunca se salió de la institucionalidad, respecto del valor de la democracia a la que se consideraba formal, y la primacía dada a un proyecto que expresaba a sus partidos por sobre la posibilidad de construir una gran mayoría en torno a ella.  Recordar a Allende es rendir homenaje a esa izquierda, ser capaces de hacer su crítica e intentar generar proyectos políticos que impliquen volver a la utopia democrática anticapitalista.

Allende fue Presidente de la República. El primer Presidente socialista. Como tal encarnó hasta el final la representación del Estado y de sus instituciones sin ninguna claudicación. Aunque lo traicionara la expresión usada, fue siempre Presidente de todos los chilenos. Pero al mismo tiempo quiso ser siempre leal al proyecto llamado de segundo camino al socialismo (segundo, precisamente porque era el camino democrático y no por la vía revolucionaria) o via chilena al socialismo, que quería separarse tanto de los modelos comunistas autoritarios como de los modelos social-demócratas occidentales que no lograban superar el capitalismo. Su mayor virtud es haber sido un Presidente fiel a la Presidencia y  a su programa y a quienes lo apoyaban y su muerte en La Moneda es la más trágica y sublime expresión de ello.

Pero esas instituciones democráticas que respetó siempre tenían también sus debilidades, entre ellas que obligaban al Jefe de Estado a ser también el jefe de la coalición que encabezaba, lo que generaba contradicciones entre ambas instancias, o que permitían gobernar sin mayoría o que permitían generar en el seno de ellas movimientos de oposición golpistas o que dejaban a las Fuierzas Aramadas como árbitros de crisis. Y ese proyecto socialista al que fue también incodicionalmente leal tenía entre sus debilidades el que no había hecho aún la crítica radical a los llamados “socialismos reales” y el que no había conciliado su afirmación democrática con una estrategia que ampliara su base de apoyo social y política.

Recordar a Allende es rendir un homenaje a lo que fue nuestra democracia y el intento socialista democrático, reconocer las limitaciones de ambos y luchar por una verdadera verdadera institucionalidad democrática y por un proyecto de transformación profunda de la sociedad heredada del golpe y la dictadura, que cuente con un respaldo político mayoritario.

Junio 17, 2008

Diplomacia y educación, nuevos motores regionales

Archivado en: General — Info @ 2:29 am

Con dos iniciativas potentes, Brasil apunta a revitalizar la integración de América del Sur. Chile aporta ímpetu.

Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 15 de Junio del 2008

Se ha dicho muchas veces que sin la presencia protagonista de Brasil —algunos hablan de liderazgo—, los procesos de integración latinoamericana estarían condenados al fracaso y que la tradicional tendencia al aislamiento de dicha nación conspira contra este rol activo que se le exige. Parece que bajo la dirección del presidente Lula algo significativo está cambiando en la materia.

Como botón de muestra quisiera señalar dos iniciativas, que darían cuenta de un Brasil asumiendo liderazgo en cuestiones de integración. Ambas son relevantes porque apuntan a dinámicas más profundas que las estrictamente económicas, por importantes y necesarias que éstas sean.

Por un lado me tocó participar como profesor en el IV Curso para diplomáticos latinoamericanos organizado por Itamaraty, al que las cancillerías sudamericanas enviaban a dos funcionarios por país. Durante un mes asistían a clases de intelectuales y personalidades políticas latinoamericanas, realizaban talleres y visitaban lugares de importancia económica y política para la región. Existen pocos antecedentes de países que emprendan iniciativas de este tipo en el mundo, es decir, de ir formando diplomáticos en temáticas de su región.

Por otro lado, el presidente Lula ha nombrado una Comisión de Implantación, presidida por un prestigioso académico brasileño de las ciencias sociales, de la Universidad Federal de Integración Latinoamericana, que será bilingüe y formará a unos 5.000 estudiantes de grado y posgrado de toda la región, empezando sus actividades el próximo año. Ambas iniciativas son unilaterales, pero apuntan a romper el inmovilismo integracionista de manera efectiva, para nada retórica.

La importancia de estas propuestas es triple.

En primer lugar, porque es Brasil el que las promueve, lo que muestra su voluntad de ser un actor importante en los procesos de integración.

En segundo lugar, porque se refieren a temas trascendentales y poco frecuentados por los proyectos de integración como la formación de diplomáticos que se vayan especializando en los temas de la región, y a la formación de profesionales universitarios que pasarán a ser actores importantes de estos procesos.

Se ha dicho hasta el cansancio que si los intentos de integración no tienen un sustento institucional con componentes educacionales y culturales, no tendrán sustentabilidad de largo plazo.

Por lo demás, no se trata sólo en el caso universitario de la formación de profesionales y académicos, sino, en la medida que se incluye el posgrado, será indispensable agregarle el componente de investigación de alto nivel, indispensable para la inserción autónoma como países y como región en la sociedad del conocimiento.

En tercer lugar, porque se marca un camino para iniciativas conjuntas en el futuro. Es cierto que esperar acuerdos de todos para emprender proyectos como éstos puede retardarlos indefinidamente y por eso es encomiable que un país de la importancia y recursos de Brasil no espere sino que encabece un proceso e invite a los otros a participar en él.

Si se piensa en el largo plazo será inevitable que se vayan creando instituciones regionales —que no reemplazan en ningún caso a las nacionales— para la formación de cuadros de funcionarios y dirigentes y también para formación de alto nivel, como doctorados, en áreas que ningún país por sí solo puede producir en la calidad y magnitud requerida.

Las iniciativas mencionadas son también un paso para generar otras tanto por parte de los países como del conjunto de la región.

Pero hay otros hechos recientes, ya más en el plano político, que juegan favorablemente para un proceso integrativo.

Uno de ellos es el giro del presidente Hugo Chávez respecto de la guerrilla colombiana, lo que, sin duda, mejora sus relaciones con países vecinos y, en general, su posición en la región.

El otro es que, al tomar Chile la presidencia pro témpore de la Unión de Naciones Suramericanas, se obliga a asumir una política mucho más integracionista que la tenida hasta ahora, aspecto no sin importancia en relación a otros instancias de integración.

Hay, sin duda, algunas sombras en este panorama auspicioso, más allá de los conflictos pendientes entre vecinos, uno de los cuales es la solución, de una vez por todas, de la salida al mar soberana de Bolivia.

Y quizás, siempre mirando en el largo plazo, la más preocupante sea que la mayor parte de las iniciativas apuntan a la integración sudamericana, que parece la más realista y viable, mientras la perspectiva latinoamericana tiende a desdibujarse y quedar como un sueño romántico pero imposible.

Es cierto que lo más probable es que el proceso de integración se vaya haciendo gradualmente a través de países ejes y bloques parciales. Así ha sido por lo demás la experiencia de la Unión Europea, que siempre actúa como el principal referente. Pero ello no debiera significar abandonar la idea de un proceso más amplio que incluye a toda América latina. Eso implica, al menos, que toda iniciativa de integración sudamericana, aunque válida en sí misma, contemple de alguna forma la proyección latinoamericana.

Pero también implica un nuevo giro en la orientación de la política exterior de algunos países, especialmente, el caso de México, pieza indispensable pero con distancia casi estructural del proceso integrativo latinoamericano.

Pero volvamos al punto inicial. Lo que se criticaba hace un tiempo de Brasil respecto de su aislamiento exhibe hoy importantes pruebas en contrario. Es de esperar que lo mismo pueda decirse de México en el futuro.
http://www.clarin.com/diario/2008/06/15/opinion/o-03003.htm

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