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	<title>manuelantoniogarreton.cl</title>
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	<pubDate>Fri, 19 Dec 2008 17:17:02 +0000</pubDate>
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		<title>Agenda para Obama desde América Latina</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Dec 2008 17:15:30 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[

No sirve preguntar qué hará el nuevo presidente de EE.UU. en la región, sino elevar propuestas propias y de consenso.
La elección de Barack Obama ha abierto grandes expectativas de cambio no sólo en los Estados Unidos sino en América latina, donde se quiere presagiar un cambio de época entre ese país y esta región. Pero [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div><span style="font-size: small; font-family: Arial;"></span></div>
<p><span style="font-size: small; font-family: Arial;"><span style="font-size: small; font-family: Arial;"></p>
<p align="left"><em>No sirve preguntar qué hará el nuevo presidente de EE.UU. en la región, sino elevar propuestas propias y de consenso.</em></p>
<p align="left">La elección de Barack Obama ha abierto grandes expectativas de cambio no sólo en los Estados Unidos sino en América latina, donde se quiere presagiar un cambio de época entre ese país y esta región. Pero ¿de qué época se habla cuando se hace referencia a dicho cambio?</p>
<p>Puede pensarse en una época corta referida a los dos períodos presidenciales de George W. Bush, blanco principal de las críticas no sólo respecto de la política exterior de Estados Unidos sino de todo el gobierno. Y también en una época larga, con interrupciones parciales, que sería, al menos en política exterior, la de los gobiernos republicanos que siguen a la era Kennedy y que se inician con Nixon y siguen con Ford, Reagan, Bush padre e hijo. Los gobiernos de Carter y Clinton significaron importantes interrupciones en este período largo, el primero a través de la política de derechos humanos que fue de enorme importancia para la América latina de las dictaduras militares, y el otro con una política internacional más dialogante y proclive a visiones progresistas.</p>
<p>Esta época larga se caracterizó por la prepotencia norteamericana no sólo en el mundo sino también en nuestra región, primero a través de su liderazgo en el mundo bipolar de la Guerra Fría y las diversas intervenciones militares directas en diversos países y luego con su liderazgo unilateral en el momento de la globalización neoliberal. El gobierno de Bush no fue sino la culminación de esa época y de esa política, llegando al extremo de arriesgar una nueva guerra mundial mintiéndole a la humanidad y buscando destruir todos los mecanismos institucionales que ésta se había dado para resolver conflictos. Nadie puede tampoco negar su responsabilidad en la peor crisis económica desde la gran depresión.</p>
<p>Pero el mal causado afectó también profundamente la calidad de la sociedad norteamericana: buscó hacerla más miserable y egoísta, como si hubiera querido reducirla a la misma calidad moral del gobernante y los grupos de poder a su alrededor. Y lo que despertó Obama, tanto por su identidad y trayectoria como por su discurso y programa, fue precisamente el rechazo moral a Bush y los sectores gobernantes, pero también a lo que esa época y este período particular significaron en el moldeamiento de una imagen de EE.UU. en el mundo.</p>
<p>De modo que lo primero que puede esperarse de la era Obama es un clima mundial mejor y más sano, donde se restablezca la confianza en las instituciones supranacionales y donde Estados Unidos se subordine a los grandes acuerdos en materia de medio ambiente, equidad económica y justicia internacional, aceptando que la era de imposiciones y amenazas terminó y que hay que reconocer y promover el equilibrio de poderes mundial.</p>
<p>Para América latina este clima significa un reconocimiento a su existencia como tal más allá de los dos o tres países en que los intereses norteamericanos parecen fijarse y abandonando la política de dividirla en países o gobiernos buenos y malos, amigos o enemigos, lo que al menos implica una revisión de la política hacia Cuba y Venezuela principalmente y un nuevo trato a los inmigrantes de la región hacia esa nación, replanteando la política migratoria, reconociendo la plena ciudadanía de esta población y terminando con el trato vejatorio a todos los que se desplazan, bajo el pretexto de la seguridad norteamericana.</p>
<p>Si la responsabilidad del cambio de clima recae en el gobierno de Estados Unidos y parece producirse por el solo hecho del ocaso de Bush y la presencia de Obama, los contenidos de una nueva relación implican una responsabilidad latinoamericana.</p>
<p>La pregunta por lo que puede esperarse del nuevo gobierno parece conllevar una actitud pasiva frente a tendencias que no pueden sino ser pesimistas en lo que se refiere, por ejemplo, a proteccionismo y política migratoria. Pareciera que la política norteamericana hacia América latina sólo depende de los intereses norteamericanos y no también de las demandas y posturas de nuestros países. En este sentido, en vez de preguntarnos por el cómo nos afecta el cambio de gobierno o qué podemos esperar de éste, lo que corresponde es preguntarnos por el qué queremos esperar o cómo queremos que nos afecte.</p>
<p>Y aquí la respuesta no puede responder a demandas nacionales aisladas, es decir, a que cada uno negocie por su cuenta, entregando la negociación a los intereses del más poderoso. Tampoco la iniciativa debiera quedar entregada exclusivamente a aquellos países que son el objeto único de interés de los Estados Unidos ya sea por cuestiones geopolíticas, económicas o de fronteras.</p>
<p>Estamos ante la ocasión propicia para que un nuevo trato entre América latina y los Estados Unidos sea promovido por el conjunto de la región. Ello supone un planteamiento como una voz que parta de los intereses particulares de sus miembros -especialmente de los más afectados- haciéndose todos ellos avales de los más necesitados. Pero más allá de tales demandas lo que cabe es proyectarse como un solo interlocutor, como uno de los bloques que negocian su inserción en el mundo globalizado y que exige ser reconocido como tal.</p>
<p>La política norteamericana hacia la región debe ser la contraparte de una política latinoamericana hacia ese país. Es evidente que ello supone la existencia real de América latina como un bloque, de lo que estamos muy lejos tanto en lo que refiere a tensiones entre intereses nacionales como en capacidad de negociación o institucionalidad donde elaborar proyectos comunes y fijar consensos políticos que no sean sólo coyunturales.</p>
<p>Pero también es cierto que son ciertas ocasiones las que permiten dar saltos sustantivos aprovechando las precarias instancias que tenemos. Y ésta es una de esas pocas y grandes ocasiones en que podemos preguntarnos como región cómo vemos y qué queremos de esta nueva época.</p>
<p>De lo contrario serán los intereses y visiones del &#8220;otro&#8221; o de algunos más poderosos entre nosotros los que vuelvan a predominar dejando a la región sin proyecto ni política de largo plazo, es decir, inexistente en el panorama mundial.</p>
<p><a href="http://www.clarin.com/diario/2008/11/30/opinion/o-01813007.htm">http://www.clarin.com/diario/2008/11/30/opinion/o-01813007.htm</a></p>
<p></span></span></p>
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		<title>La Política retoma su rol ante la Economía</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Oct 2008 00:55:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Info</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[La crisis obliga a tomar una serie de intervenciones estatales, corrigiendo la visión unilateral del neoliberalismo.
Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 26 de Octubre del 2008



Con el título de &#8220;&#8216;Malestar global? Dilemas de cambio&#8221; se llevará a cabo en Santiago de Chile el Congreso Mundial de Ciencia Política en julio del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La crisis obliga a tomar una serie de intervenciones estatales, corrigiendo la visión unilateral del neoliberalismo.</p>
<p><span style="font-size: 10.5pt; color: #000000; font-family: Arial; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES-CL; mso-fareast-language: EN-US; mso-bidi-language: AR-SA;"><em>Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 26 de Octubre del 2008</em></span></p>
<div></div>
<p><span style="font-size: 10.5pt; color: #000000; font-family: Arial; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES-CL; mso-fareast-language: EN-US; mso-bidi-language: AR-SA;"></p>
<div class="Txt">
<p>Con el título de &#8220;&#8216;Malestar global? Dilemas de cambio&#8221; se llevará a cabo en Santiago de Chile el Congreso Mundial de Ciencia Política en julio del próximo año. Hasta hace unos meses ése parecía ser un título relativamente pasado de moda, una especie de &#8220;revival&#8221; de los noventa de los países subdesarrollados o en desarrollo, por parte de europeos y norteamericanos que recién empezaban a sentir lo que nuestros países sentían hace décadas. Hoy con la crisis financiera este título vuelve a cobrar vigencia y urgencia. El malestar global se dirige precisamente a la causa que provocaba una situación de descontento generalizado pero vago al que se llamaba globalización.</p>
<p>Lo que la era del mercado des-regulado o del neoliberalismo proclamó y hoy llega, esperamos, a su fin, fue el predominio irrestricto de la economía sobre la política estigmatizando el papel de ésta, vaciando de contenido y haciendo así irrelevante a las democracias que se expandían por primera vez en la historia en toda la región. Quizás el símbolo principal de todo ello era la crítica ideológica al Estado y la receta práctica de las privatizaciones y desregulaciones. Algunos ideólogos, obnubilados con el neo-liberalismo, calificaban a los defensores de la política y del papel dirigente del Estado como perfectos idiotas, hasta que desde los mismos Estados Unidos a través del mismo Fukuyama al que apelaban, les hizo ver su ignorancia respecto de esos puntos. Uno de estos periodistas, que sí pertenece al club de los perfectos idiotas del neoliberalismo se ve en la humillación de tener que entrevistar al nuevo Premio Nobel de Economía que le muestra el fracaso absoluto de esta ideología y que ve en la siniestra alianza entre ideólogos economistas y mediáticos, gran capital financiero y el gobierno de EE.UU. a los únicos verdaderos culpables de la actual crisis mundial. Nada menos que Paul Samuelson remata esto con la lápida sobre Friedman y sus seguidores. El denigrado Galbraith regresa en gloria y majestad, y la solución por la cual todos claman es la intervención estatal y política sobre la economía. Y la palabra de moda hoy es &#8220;nacionalización&#8221; o &#8220;estatización&#8221;. Es la derrota de los verdaderos perfectos idiotas. Pero a un precio que la humanidad no debiera haber pagado.</p>
<p>Hace unas décadas, una elite de los países subdesarrollados se dejó encantar por las modas que venían del Norte y que se basaban en una crítica radical a los esfuerzos, no siempre logrados, que rehacían en nuestros países por salir de la dependencia y el sub-desarrollo. No hay que olvidar que el enemigo principal del neoliberalismo fue el modelo cepaliano y desarrollista. Afortunadamente, tanto la CEPAL como las visiones de centroizquierda que proclamaban la primacía de la política sobre la economía, sin dejar de reconocer la autonomía relativa de ambas, no sucumbieron pese a los esfuerzos que se hicieron desde los grandes poderes fácticos para desprestigiarlas y hacerlas desaparecer y en nuestra región desde hace algún tiempo están teniendo una segunda oportunidad.</p>
<p>Se podrá discutir si una u otra medida de solución de la crisis es más o menos adecuada. Pero el sentido de cualquiera de ellas es unívoco: mayor intervención del Estado, mayor control de los mercados, mayor protección de los empleos y fondos de los grandes sectores vulnerables. Y aquí estamos frente no a un conjunto de medidas parciales, sino frente a la necesidad de un nuevo conjunto de reformas estructurales, a un giro en el sentido exactamente contrario al modelo que se impuso en la década del noventa y que se corrigió sólo parcialmente por parte de organismos internacionales y de algunos gobiernos democráticos: el paso de un capitalismo liberal de mercado que aspira a ser al final una sociedad de mercado, a un capitalismo regulado que abre paso a otras formas de organización de la economía controlada por la política y el Estado y, por lo tanto a un modelo de tipo socialdemócrata y de Estado de protección social</p>
<p>Y en este sentido, la cuestión emblemática de las nacionalizaciones o estatizaciones cobra todo su valor. No se trata de un salvataje del sistema financiero por parte del Estado para volver a la misma situación en un par de años más, como fuera la compra de la deuda bancaria que hiciera la dictadura militar chilena en los ochenta para salvar a sus grupos de apoyo civil, sino de utilizar la intervención estatal y la pérdida de legitimidad de los grandes poderes financieros para generar un nuevo orden socioeconómico. Y ello obliga a revisar también la cuestión de la institucionalidad política.</p>
<p>Porque un Estado dirigente y con mayor capacidad de intervención, que nacionaliza parcial o totalmente, por lo que entra a participar en el patrimonio de las empresas intervenidas, requiere a su vez control político y ciudadano.</p>
<p>Si la regulación y la participación del Estado en la dirección de las empresas estatizadas o la creación de empresas estatales en ámbitos financieros o de la previsión (como se discute en el caso chileno) y otros para ofrecer alternativas al mercado y a los poderes económicos privados, parecen medidas indispensables y relativamente obvias, no están claras cuáles son las instancias políticas que aseguren que la orientación de estas intervenciones será la generación de un nuevo orden económico a nivel nacional, supranacional regional y mundial, y qué tipo de institucionalidad puede crearse para garantizar un control ciudadano.</p>
<p>Es el momento de dar carne a las reformas políticas orientadas a retomar el control responsable de la economía pero también de darles sustento práctico a las tan difundidas proclamaciones del papel de la ciudadanía y la sociedad civil que muchas veces se quedan en retóricas también antipolíticas y antiestatales, pero no generan mecanismos de vinculación entre ciudadanía, política y Estado que efectivamente subordinen a los grandes poderes económicos. Instancias como el Congreso Mundial de Ciencia Política de Santiago 2009 adquieren su verdadero sentido en la medida en que ponen en el debate público la investigación y discusión de las nuevas formas concretas de superar el actual malestar global.</p>
</div>
<div class="Perma"><a href="http://www.clarin.com/diario/2008/10/26/opinion/o-01789279.htm">http://www.clarin.com/diario/2008/10/26/opinion/o-01789279.htm</a></div>
<p> </p>
<p></span></p>
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		<title>Es raro ver a los políticos estudiar</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Oct 2008 15:14:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Info</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Columnas de Opinión]]></category>

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		<description><![CDATA[Es necesario generar mutuas aperturas entre la academia, la política y la opinión pública para profundizar la democracia deliberativa. La actual crisis muestra la importancia de reflexionar sobre el funcionamiento de los poderes económicos.
Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 7 de Octubre del 2008
El próximo año en Julio, en los inicios [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-size: 10.5pt; color: #000000; font-family: Arial; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES-CL; mso-fareast-language: EN-US; mso-bidi-language: AR-SA;"><em>Es necesario generar mutuas aperturas entre la academia, la política y la opinión pública para profundizar la democracia deliberativa. La actual crisis muestra la importancia de reflexionar sobre el funcionamiento de los poderes económicos.</em></span></p>
<p><span style="font-size: 10.5pt; color: #000000; font-family: Arial; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES-CL; mso-fareast-language: EN-US; mso-bidi-language: AR-SA;">Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 7 de Octubre del 2008</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;">El próximo año en Julio, en los inicios de las celebraciones de los bicentenarios en varios países, se realizará el 21 Congreso Mundial de Ciencia Política en Santiago<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>de Chile, bajo el título “¿Malestar global?<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Dilemas de cambio”, organizado por la Asociación Mundial de Ciencia Política (IPSA).<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Si hago uso de este espacio para comentar este evento, y se me disculpará por ello siendo Presidente del Comité Local Organizador, no es por una cuestión personal, sino porque creo que tratándose de un evento académico hay que ubicarlo en un<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>contexto más amplio para proyectar su importancia. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;">Este año en América Latina se han realizado al menos dos eventos importantes para los estudios políticos en que me ha tocado participar. Uno, el de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política y el otro en Rosario el ya tradicional y prestigioso Congreso sobre la Democracia que lleva ya más de una década de realizaciones bianuales y que en su origen fue una creación de estudiantes, con gran poder de convocatoria y alto nivel académico.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;">Menciono todo esto es para mostrar la importancia y despliegue que ha ido adquiriendo la Ciencia Política y más ampliamente los estudios sobre política en nuestra región, lo que obviamente se relaciona con la extensión y consolidación en nuestros países de regímenes democráticos y con la preocupación por los déficit calidad y profundidad de esas democracias, lo que a su vez tiene que ver con la relevancia y significación de la política misma en un mundo dominado por las dinámicas globalizadoras que desarticulan al Estado-nación, las lógicas tecnocráticas y mediáticas y el individualismo ligado más a intereses y al consumo que a la conformación de sujetos que se reconocen unos a otros en una misma comunidad política.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;">Un Congreso Mundial de la Ciencia Política realizado en un país de América Latina, y ello no es primera vez pues Brasil y Argentina han sido sede de estos eventos hace varios años, debiera ser la ocasión de mostrar el estado actual de la disciplina en la región en diálogo con las tendencias de ésta en el resto del mundo, un momento de movilización de intelectuales y profesionales de la teoría y la investigación política para intercambiar trabajos y reflexiones sobre la vida política de nuestros países pero también para rediscutir las teorías y planteamientos que se hacen en los países del norte y que veces consideramos como el único paradigma válido, y que aceptamos acríticamente con la idea que la única ciencia es aquélla que utiliza metodologías cuantitativas o modelos formalizados. Es cierto que en una época estuvimos en franco déficit en estos campos y que ha sido loable el esfuerzo de superar la brecha, pero a veces se olvida que la ciencia social responde en parte importante a intereses y cosmovisiones que dependen de cada contexto histórico. Por ningún motivo habría que caer en pretensiones localistas de creación científica, pero tampoco en el extremo que el dictum de la ciencia lo dan los países centrales.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;">Pero no se trata sólo del díalogo científico y académico, por importante e indispensable que éste sea. A la ciencia social en especial a la que estudia los problemas políticos, se le pìde también que aporte fuera de sus propias fronteras. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;">Por un lado, aportar a quienes practican la actividad política. Y aquí es evidente que hay un problema de lado y lado. Es raro ver a los políticos estudiando y discutiendo los análisis y cuestionamientos que provienen del campo científico social, es decir aceptando el conocimiento que de ahí proviene. En este sentido, es probable que el momento de las transiciones democráticas haya sido una magnífica excepción a ello en cuanto mucho de la revaloración de la democracia y de sus estrategias de construcción se produjo a través de un diálogo entre quienes estudiaban estos procesos y quienes aportaban su sabiduría práctica.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Pero, la presión electoral, la urgencia de tomar decisiones o de legislar, lleva a valorar la actividad académica sólo por su capacidad instrumental de dar respuestas inmediatas o de legitimar la propia acción política. Las evidencias que aporta la ciencia política no son consideradas por los políticos, bajo el pretexto de la socorrida frase “una cosa es la teoría y otra la práctica y la vida misma”. A su vez, el mundo académico desprecia la capacidad de reflexión y de autocrítica del mundo político y pareciera enorgullecerse de no ser reconocido por éste. El modo como ambos mundos analizan las encuestas es un ejemplo de este distanciamiento o, más bien, desconocimiento mutuo.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;">Por otro lado, aportar al debate público y a la ciudadanía. Hay una tendencia a pensar que la divulgación científica, es decir, la comunicación de resultados de reflexiones e investigaciones académicas, a un público más amplio y en un lenguaje entendible, es incompatible con un el rigor propio de la actividad académica. Ello provoca como reacción por parte de la opinión pública el reproche a los académicos por el uso de un lenguaje cerrado que sólo oculta verdades de sentido común al alcance de todos. Con ello se aumenta una distancia que a veces los politólogos tratan vanamente de superar sucumbiendo a la seducción mediática. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;">El cierto oscurantismo moderno que impone el circuito medios-encuestas-opinión pública y las parciales autorreferencias del mundo político y del mundo académico que, por supuesto, no dan cuenta de toda la realidad, pueden ser superadas con la creación de instancias de debate público tanto a nivel de las universidades, como de los espacios propiamente políticos como de los ámbitos mediáticos. En otra época fueron las universidades las que cumplieron esta función, no es que ello haya desaparecido totalmente, pero parecieran resultar insuficientes para involucrar a la ciudadanía.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Se trata en la actualidad de generar mutuas aperturas que contribuyan a expandir y profundizar una democracia deliberativa, la que no puede existir si no se nutre de los tres mundos señalados: la academia, en este caso la actividad politológica, los políticos y la ciudadanía que se expresa en la opinión pública. Eventos como los que hemos comentado y especialmente un escenario académico mundial debieran permitir que este diálogo se fortalezca sin que ninguno de estos mundos pierda sus propias características y autonomía. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-ansi-language: ES-CL;"> </span></p>
<p><span style="font-size: 11pt; font-family: Arial; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES-CL; mso-fareast-language: EN-US; mso-bidi-language: AR-SA;">Las consideraciones anteriores cobran especial vigencia hoy cuando enfrentamos una de las peores dimensiones del malestar global, foco del Congreso Mundial de Ciencia Política Santiago 2009, cual es la actual crisis financiera mundial. Y ello porque precisamente lo que tiende a olvidarse es el carácter estrictamente político de esta crisis, motivada por el predominio de la concepción restrictiva del papel del Estado y la hegemonía absoluta de los poderes fácticos económicos que se niegan a someterse al control de la voluntad democrática. Reflexionar sobre las nuevas formas de regulación y subordinación de las fuerzas de mercado, nacional y globalmente, a la soberanía popular, es decir, a la política, sin desconocer la autonomía relativa de ella, es una tarea urgente que requiere el encuentro mencionado entre el mundo de quienes toman decisiones y el de quienes intentan conocer y comprender el sentido profundo de los procesos sociales y las estrategias de los actores políticos de modo de reordenarlos en torno a lo un sabio llamara “la sociedad buena” , y nosotros diríamos, al menos la sociedad vivible para quienes sufren los embates de los grandes poderes.<span style="mso-spacerun: yes;">   </span></span></p>
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		<title>En busca de más calidad democrática</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Aug 2008 02:39:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Info</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[Después de superar el pasado autoritario,
los países de Latinoamérica tienen una nueva agenda institucional y social.
Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 17 de Agosto del 2008


Terminadas las transiciones y asegurada una consolidación de los regímenes post-dictatoriales, a pesar de las desestabilizaciones y caídas de presidentes bajo presión popular -problemática central de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="Copete">Después de superar el pasado autoritario,<br />
los países de Latinoamérica tienen una nueva agenda institucional y social.</p>
<p class="Autor">Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 17 de Agosto del 2008</p>
<p><a class="txt7" href="about:blank"></a></p>
<div class="Txt">
<p>Terminadas las transiciones y asegurada una consolidación de los regímenes post-dictatoriales, a pesar de las desestabilizaciones y caídas de presidentes bajo presión popular -problemática central de los ochenta y noventa y comienzos de esta década-, una nueva cuestión se hace predominante: es la calidad de la democracia conquistada y consolidada. Si bien es cierto que desde la instalación misma de los nuevos regímenes existió en varios sectores la preocupación por el tipo de democracia que se estaba gestando, ella fue menor frente al tema de la mera existencia del régimen democrático y a los riesgos iniciales de reposición de dictaduras, y también se orientaba más a la herencia o enclaves legados por éstas que a los rasgos nuevos de la vida política. Hoy que este riesgo parece lejano, la calidad de las democracias latinoamericanas ocupa el lugar principal del análisis y debate político.</p>
<p>De eso dan cuenta rankings e indicadores que se ofrecen, sea a partir de encuestas que miden subjetividad, o a través de datos que se extraen de la realidad institucional o del funcionamiento efectivo de las democracias. Ellos pueden ser de resultados socioeconómicos, de calidad de las instituciones o de niveles de satisfacción o una combinación de algunos o todos ellos.</p>
<p>Hay tres aspectos, sin embargo, de los que estos rankings o indicadores no dan cuenta. El primero de ellos se refiere a que la mera existencia de determinadas instituciones, propias de la democracia, en determinados contextos no garantiza su carácter democrático. Por ejemplo, la presencia de elementos constitucionales antidemocráticos o el hecho que una Constitución haya sido heredada del régimen dictatorial sin la generación de una nueva y democrática. O, al revés, elementos que en una determinada sociedad pueden satisfacer los estándares democráticos, en otras pueden mermar la calidad de esa democracia. Es lo que ocurre con los sistemas electorales. Se ha hecho un lugar común afirmar que éstos son neutros y que uno no es más democrático que otro. Y lo cierto es que si uno examina los efectos en una sociedad, se dará cuenta de que no es igualmente democrático un sistema que otro y que los bienes que todo sistema electoral busca garantizar, como proporcionalidad, pluralismo, participación, no quedan igualmente garantizados en determinada sociedad por un sistema que sí puede garantizarlo en otra. Así se pueden cumplir todos los requerimientos de elecciones libres, competitivas y transparentes y el resultado no ser la expansión y profundización democrática sino la conformación de una elite cerrada y excluyente. Lo mismo ocurre con la conformación del Poder Judicial o las relaciones Ejecutivo-Legislativo, por nombrar algunos temas que no pueden ser analizados con criterios cuantitativos y que ponen un límite al análisis comparativo. Cuando el análisis de la calidad democrática en un sistema de rankings e indicadores que no muestran la historicidad de cada situación deja de ser una manera más de analizar y se transforma en la única, estamos frente al predominio de la razón tecnocrática y mediática por sobre la deliberación argumentativa que es la esencia del análisis democrático. Para decirlo muy directamente y con un ejemplo, no deja de ser grosero que un país como Chile, que no tiene una Constitución democrática, que tiene un sistema electoral excluyente y que le da a la minoría un poder de veto, un Poder Judicial con jueces que defienden la impunidad por las violaciones de derechos humanos, aparezca en los primeros lugares de los rankings de calidad democrática .</p>
<p>El segundo aspecto tiene que ver con que, sin minusvalorar la autonomía de la democracia política, la calidad de ésta se ve afectada necesariamente por elementos socioeconómicos y culturales. La cuestión de la igualdad efectiva de derechos, que toca a uno de los principios éticos fundantes de la democracia política y que exige la distribución equitativa del poder y la riqueza y la existencia de una verdadera comunidad socioeconómica, y la cuestión de la diversidad cultural, que no impide sino fortalece la cohesión social, son elementos que si bien no pueden considerarse como condición de existencia de los regímenes democráticos, son indispensables de considerar a la hora de evaluar su calidad. La ausencia de estas dimensiones en los rankings de democraticidad, desfigura absolutamente los análisis comparativos y los transforma a veces en instrumentos más ideológicos que científicos.</p>
<p>El tercer aspecto, del que daba cuenta Fernando Vallespín hace unas semanas en la reunión de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política de Costa Rica, se refiere a que no siempre en la evaluación de la calidad de la democracia se tiene en cuenta la transformación de las democracias representativas a través de partidos políticos en democracias orientadas por la lógica mediática en que el demos, ciudadanía o electorado, los candidatos y también los que ocupan los más altos puestos de representación, dejan de responder a las opciones partidarias y quedan capturados en la lógica de los medios de comunicación, que es todo menos el reino de la democracia deliberativa o argumentativa, aunque en determinados contextos los medios puedan jugar un papel de gran importancia democrática, siempre que no sean la única fuente de información y análisis y que no domine la idea de que no se existe si no se está en los medios. La transformación de los medios en poderes fácticos limita el carácter democrático de los procesos políticos, lo que se agrava en situaciones en que ni siquiera existe el pluralismo dentro de ellos. Para decirlo con ejemplos, es evidente que la Italia de Berlusconi es menos democrática que muchas democracias que aparecen más bajo que Italia en los rankings, aunque figure en un lugar alto en esas mediciones. Y eso se puede aplicar en nuestros propios países también.</p>
<p>No se trata de negar el valor que puedan tener los índices y rankings de la calidad democrática, sino de señalar sus límites y profundizar los análisis con argumentos que den cuenta de los contextos históricos y del sentido que en esos marcos tienen tales índices.</p>
</div>
<div class="Perma"><a href="http://www.clarin.com/diario/2008/08/17/opinion/o-01739537.htm">http://www.clarin.com/diario/2008/08/17/opinion/o-01739537.htm</a></div>
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		<title>Más allá del rescate en Colombia: la cuestión del Estado</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Aug 2008 03:22:20 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[La ausencia del Estado, así como su escasa eficiencia, originan los principales problemas de Latinoamérica.
El rescate de Ingrid Betancourt y otros rehenes de las FARC, sin duda que ha alegrado a todo el mundo y con razón, pues no hay ninguna causa que permita resistirse a tal euforia. Sin embargo, estamos también obligados a ir [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La ausencia del Estado, así como su escasa eficiencia, originan los principales problemas de Latinoamérica.</p>
<p><!--AJA-->El rescate de Ingrid Betancourt y otros rehenes de las FARC, sin duda que ha alegrado a todo el mundo y con razón, pues no hay ninguna causa que permita resistirse a tal euforia. Sin embargo, estamos también obligados a ir más allá de este momento para reflexionar sobre su enorme significación. Por un lado, y contrariamente a lo que han planteado fuerzas políticas y mediáticas, parece inconducente buscar ganadores y perdedores políticos que no sean, éstos últimos, las FARC mismas y una visión sobre la revolución y el cambio social por la vía violenta y las armas. Porque precisamente lo que ha sido derrotado es la idea que el cambio radical de sociedad puede y debe hacerse de esa manera en nuestras circunstancias, lo que pudo justificarse debido al clima ideológico de un momento, pero que ya el mismo movimiento guerrillero de Chiapas habìa desechado al criticar la toma del poder por un grupo militar.</p>
<p>Por otro lado, tampoco la liberación de Betancourt debiera llevar a la exaltación de la vía militar para resolver situaciones que no sean sólo militares y que tengan algo de político. No sólo porque no está claro aún si no hubo negociaciones subterráneas, lo que hubiera sido perfectamente legítimo pero debiera en algún momento transparentarse, sino porque aunque hubiera sido sólo una operación militar, ella debiera ser siempre un último recurso. En este sentido, quienes dentro o fuera del país estuvieron por buscar la liberación en forma negociada no debieran ser considerados como los perdedores. Es más, probablemente sin los pasos de negociación previos fracasados o no, no hubiera existido operación militar exitosa.</p>
<p>Más allá de estos hechos, que debieran llevar a nuevas liberaciones y al término definitivo del conflicto en Colombia, éste vuelve a poner el tema central del Estado en América Latina. Porque si es evidente que en Colombia el conflicto que expresan en conjunto las FARC, el narcotráfico y los para-militares, tiene su origen en la ausencia o déficit de estatalidad, este fenómeno está en el origen también de la mayor parte de problemas por los que atraviesan el resto de nuestros países. Ni los que afectan al resto de los países andinos ni los que originaron las crisis económicas de otros ámbitos de la región, dejan de estar penetrados por esta cuestión del Estado. La paradoja es que en la región quienes están por soluciones militares a los problemas políticos son los mismos que han buscado deslegitimar y reducir al mínimo o hacer desaparecer el Estado. Y lo que las crisis políticas y económicas muestran es que sólo se sale de ellas con más, más fuerte y más legítimo Estado. Y que ello supone no sólo el elemental aspecto que el Estado tenga el monopolio legítimo de la fuerza y de instituciones que lo controlan en toda la extensión del territorio, sino que también tenga todos los recursos materiales, institucionales, simbólicos y humanos para cumplir su misión de agente de unidad, desarrollo e inserción de la nación en el mundo globalizado.</p>
<p>Lo que está en cuestión hoy día es precisamente el modelo de Estado para el tipo de problemática que enfrentan nuestras sociedades y también la resignificación de la función de defensa nacional. En la mayor parte del siglo XX se desarrolló en la región un modelo de Estado que correspondía a esas características y que pudo llamarse Estado desarrollista, nacional-popular, populista. Los dos grandes déficit de este Estado fueron por un lado, que muy pocas veces se sostuvo en regímenes democráticos y, más grave aún, que su enraizamiento en la sociedad fue precario y quedó a merced de élites y grupos de poder al final más preocupados de sus intereses que del desarrollo. Todo lo cual redundó en ineficiencias y débil institucionalidad. Las reformas neo-liberales intentaron cambiar este modelo de Estado interventor ya fuera por reducirlo a su insignificancia, ya fuera para convertirlo en subsidiario del mercado que pasaba a ser el agente principal de crecimiento.</p>
<p>Su fracaso fue total en la generación de un nuevo Estado, pero lograron desarticular y descomponer el Estado previamente existente. Muchos gobiernos democráticos han intentado en el último tiempo hacer reformas parciales que corrijan las anteriores. Pero, más allá de los avances y defectos de estas llamadas &#8220;reformas&#8221; del Estado, hay que señalar que su problema básico es que, por tratarse de medidas, mecanismos o instrumentos precisamente parciales y muchas veces disociados de las llamadas reformas políticas, a diferencia del Estado desarrollista o del mismo Estado neo-liberal carecen de un modelo o proyecto de sociedad y de Estado. De modo que la primera cuestión que debe enfrentarse es cuál es el Estado que se quiere reemplace a los anteriores, lo que implica pensar en una nueva matriz de relación entre él, el sistema de representación y la sociedad o actores sociales mismos y ello en los planos local, regional, nacional y supra-nacional.</p>
<p>Mirando hacia delante, también la función de defensa nacional deberá sufrir cambios radicales en su significación, pasando de los aspectos militares a los que se refieren principalmente a temas como la defensa de los recursos y del medio ambiente. Y es muy probable que la función militar que ha querido destacarse en demasía en el caso de la crisis colombiana actual y su salida, deba ir reduciéndose al aporte que pueda hacerse a misiones multinacionales de paz o a la defensa de un bloque latinoamericano supranacional.<br />
 </p>
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		<title>Salvador Allende, el político, el socialista, el Presidente.</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Jul 2008 20:58:28 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Los cumpleaños y los aniversarios de nacimiento son las únicas fechas en que a las personas se les celebra o recuerda por lo que son o por el regalo que fueron para los otros sus vidas. Eso que generalmente debiera ser el centenario del nacimiento de cualquier persona, en el caso de alguien como Salvador [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los cumpleaños y los aniversarios de nacimiento son las únicas fechas en que a las personas se les celebra o recuerda por lo que son o por el regalo que fueron para los otros sus vidas. Eso que generalmente debiera ser el centenario del nacimiento de cualquier persona, en el caso de alguien como Salvador Allende, cede paso al recuerdo del personaje, y se deja a los más cercanos, a sus familiares principalmente, el recuerdo de los rasgos más personales. Aunque, como todos sabemos, si al hablar de la persona no vemos bien cómo sería el personaje, al hablar de éste sí estamos hablando de toda la persona.</p>
<p>Todo ello, porque mi recuerdo de Salvador Allende es más bien precario en el plano personal: relaciones de amistad lejana con mis padres y una breve conversación personal a comienzos de 1973 cuando me había nombrado Embajador de su gobierno en Cuba, cargo que nunca alcancé a ejercer. De modo que la significación de Salvador Allende la viví como la mayor parte del país, lo conocí y lo viví a través de la triple dimensión del personaje, el político, el lider de izquierda, el Presidente del gobierno de la Unidad Popular.</p>
<p>Allende fue un político y consagró su vida a la política. Como tal, era tal miembro de la clase política chilena. Tenía, por lo tanto de ella, todas las virtudes y, por supuesto, porque hablamos de seres humanos y no de santos o semidioses,  muchas de sus debilidades. Siempre he sostenido que el país debe enorgullecerse de su clase política más que de cualquier otro sector, especialmente de aquélla que constituyó la generación de Allende, aunque pienso que finalmente también de las que le siguieron en los períodos democráticos. Principalmente porque eran capaces de combinar la triple lealtad a sus proyectos y visiones políticas, a los sectores sociales y político-partidarios que representaban y al marco institucional en que se desenvolvían, aun cuando lucharan por cambiarlo.</p>
<p> Las excepciones a ello fueron mínimas y Allende fue uno de los políticos que con más coherencia vivió esta lealtad. Entre los defectos de esa clase política estuvo, al final de los sesenta, la dificultad de ir más allá de sus propios proyectos para constituir proyectos mayoritarios que combinaran democracia y cambio social. Recordarlo en su natalicio es rendir homenaje a esas virtudes, reconocer también los defectos  que esa clase política tuviera y luchar contra las desvalorizaciones de la política y los abandonos de las lealtades en que pudiera incurrir parte de nuestra clase política actual.<br />
 <br />
Allende  fue un lider de la izquierda chilena, de su Partido Socialista, no siempre comprendido por éste, pero de toda la izquierda. Como tal la representó en cuatro elecciones presidenciales. Como tal, tambíen expresaba las mejores virtudes de la izquierda, entre las que estaban el compromiso con los pobres y desfavorecidos, con lo mejor de la producción cultural e intelectual del país, con los proyectos de transformación socio-económica dentro del marco democrático. Toda la vida política de Allende se identifica con el desarrollo de esas virtudes. Entre las debilidades de la izquierda estuvieron, también hacia los sesenta, una cierta ambigüedad discursiva, aunque no en la práctica donde nunca se salió de la institucionalidad, respecto del valor de la democracia a la que se consideraba formal, y la primacía dada a un proyecto que expresaba a sus partidos por sobre la posibilidad de construir una gran mayoría en torno a ella.  Recordar a Allende es rendir homenaje a esa izquierda, ser capaces de hacer su crítica e intentar generar proyectos políticos que impliquen volver a la utopia democrática anticapitalista.</p>
<p>Allende fue Presidente de la República. El primer Presidente socialista. Como tal encarnó hasta el final la representación del Estado y de sus instituciones sin ninguna claudicación. Aunque lo traicionara la expresión usada, fue siempre Presidente de todos los chilenos. Pero al mismo tiempo quiso ser siempre leal al proyecto llamado de segundo camino al socialismo (segundo, precisamente porque era el camino democrático y no por la vía revolucionaria) o via chilena al socialismo, que quería separarse tanto de los modelos comunistas autoritarios como de los modelos social-demócratas occidentales que no lograban superar el capitalismo. Su mayor virtud es haber sido un Presidente fiel a la Presidencia y  a su programa y a quienes lo apoyaban y su muerte en La Moneda es la más trágica y sublime expresión de ello.</p>
<p>Pero esas instituciones democráticas que respetó siempre tenían también sus debilidades, entre ellas que obligaban al Jefe de Estado a ser también el jefe de la coalición que encabezaba, lo que generaba contradicciones entre ambas instancias, o que permitían gobernar sin mayoría o que permitían generar en el seno de ellas movimientos de oposición golpistas o que dejaban a las Fuierzas Aramadas como árbitros de crisis. Y ese proyecto socialista al que fue también incodicionalmente leal tenía entre sus debilidades el que no había hecho aún la crítica radical a los llamados “socialismos reales” y el que no había conciliado su afirmación democrática con una estrategia que ampliara su base de apoyo social y política.</p>
<p>Recordar a Allende es rendir un homenaje a lo que fue nuestra democracia y el intento socialista democrático, reconocer las limitaciones de ambos y luchar por una verdadera verdadera institucionalidad democrática y por un proyecto de transformación profunda de la sociedad heredada del golpe y la dictadura, que cuente con un respaldo político mayoritario.</p>
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		<title>Diplomacia y educación, nuevos motores regionales</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Jun 2008 02:29:37 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Con dos iniciativas potentes, Brasil apunta a revitalizar la integración de América del Sur. Chile aporta ímpetu.
Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 15 de Junio del 2008

Se ha dicho muchas veces que sin la presencia protagonista de Brasil —algunos hablan de liderazgo—, los procesos de integración latinoamericana estarían condenados al fracaso [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Con dos iniciativas potentes, Brasil apunta a revitalizar la integración de América del Sur. Chile aporta ímpetu.</em></p>
<p>Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 15 de Junio del 2008</p>
<div class="Txt">
<p><strong>S</strong>e ha dicho muchas veces que sin la presencia protagonista de Brasil —algunos hablan de liderazgo—, los procesos de integración latinoamericana estarían condenados al fracaso y que la tradicional tendencia al aislamiento de dicha nación conspira contra este rol activo que se le exige. Parece que <strong>bajo la dirección del presidente Lula algo significativo está cambiando en la materia</strong>.</p>
<p>Como botón de muestra quisiera señalar <strong>dos iniciativas</strong>, que darían cuenta de un Brasil asumiendo <strong>liderazgo en cuestiones de integración</strong>. Ambas son relevantes porque apuntan a dinámicas más profundas que las estrictamente económicas, por importantes y necesarias que éstas sean.</p>
<p>Por un lado me tocó participar como profesor en el IV Curso para diplomáticos latinoamericanos organizado por Itamaraty, al que las <strong>cancillerías sudamericanas enviaban a dos funcionarios por país</strong>. Durante un mes asistían a clases de intelectuales y personalidades políticas latinoamericanas, realizaban talleres y visitaban lugares de importancia económica y política para la región. <strong>Existen pocos antecedentes de países que emprendan iniciativas de este tipo en el mundo</strong>, es decir, de ir formando diplomáticos en temáticas de su región.</p>
<p>Por otro lado, el presidente Lula ha nombrado una Comisión de Implantación, presidida por un prestigioso académico brasileño de las ciencias sociales, de la Universidad Federal de Integración Latinoamericana, que <strong>será bilingüe y formará a unos 5.000 estudiantes de grado y posgrado de toda la región</strong>, empezando sus actividades el próximo año. Ambas iniciativas son unilaterales, pero <strong>apuntan a romper el inmovilismo integracionista de manera efectiva, para nada retórica</strong>.</p>
<p>La importancia de estas propuestas es triple.</p>
<p>En primer lugar, porque es <strong>Brasil el que las promueve</strong>, lo que muestra su voluntad de ser un actor importante en los procesos de integración.</p>
<p>En segundo lugar, porque se refieren a <strong>temas trascendentales y poco frecuentados por los proyectos de integración</strong> como la formación de diplomáticos que se vayan especializando en los temas de la región, y a la <strong>formación de profesionales universitarios</strong> que pasarán a ser actores importantes de estos procesos.</p>
<p>Se ha dicho hasta el cansancio que <strong>si los intentos de integración no tienen un sustento institucional con componentes educacionales y culturales, no tendrán sustentabilidad de largo plazo</strong>.</p>
<p>Por lo demás, no se trata sólo en el caso universitario de la formación de profesionales y académicos, sino, en la medida que se incluye el posgrado, será indispensable agregarle el componente de <strong>investigación de alto nivel</strong>, indispensable para la inserción autónoma como países y como región en la sociedad del conocimiento.</p>
<p>En tercer lugar, porque <strong>se marca un camino para iniciativas conjuntas en el futuro</strong>. Es cierto que esperar acuerdos de todos para emprender proyectos como éstos puede retardarlos indefinidamente y por eso es encomiable que un país de la importancia y recursos de Brasil no espere sino que <strong>encabece un proceso e invite a los otros a participar en él</strong>.</p>
<p>Si se piensa en el largo plazo será inevitable que se vayan creando instituciones regionales —que no reemplazan en ningún caso a las nacionales— para la formación de cuadros de funcionarios y dirigentes y también para formación de alto nivel, como doctorados, en áreas que <strong>ningún país por sí solo puede producir en la calidad y magnitud requerida</strong>.</p>
<p>Las iniciativas mencionadas son también un paso para generar otras tanto por parte de los países como del conjunto de la región.</p>
<p>Pero hay otros hechos recientes, ya más en el plano político, que <strong>juegan favorablemente para un proceso integrativo</strong>.</p>
<p>Uno de ellos es el <strong>giro del presidente Hugo Chávez respecto de la guerrilla colombiana</strong>, lo que, sin duda, mejora sus relaciones con países vecinos y, en general, su posición en la región.</p>
<p>El otro es que, al tomar Chile la presidencia pro témpore de la Unión de Naciones Suramericanas, <strong>se obliga a asumir una política mucho más integracionista que la tenida hasta ahora</strong>, aspecto no sin importancia en relación a otros instancias de integración.</p>
<p>Hay, sin duda, <strong>algunas sombras en este panorama auspicioso</strong>, más allá de los conflictos pendientes entre vecinos, uno de los cuales es la solución, de una vez por todas, de la salida al mar soberana de Bolivia.</p>
<p>Y quizás, siempre mirando en el largo plazo, la más preocupante sea que la mayor parte de las iniciativas apuntan a la integración sudamericana, que parece la más realista y viable, mientras <strong>la perspectiva latinoamericana tiende a desdibujarse y quedar como un sueño romántico pero imposible</strong>.</p>
<p>Es cierto que lo más probable es que el proceso de integración se vaya haciendo <strong>gradualmente a través de países ejes y bloques parciales</strong>. Así ha sido por lo demás la experiencia de la Unión Europea, que siempre actúa como el principal referente. Pero ello no debiera significar abandonar la idea de un proceso más amplio que incluye a toda América latina. Eso implica, al menos, que toda iniciativa de integración sudamericana, aunque válida en sí misma, contemple de alguna forma la <strong>proyección latinoamericana</strong>.</p>
<p>Pero también implica un <strong>nuevo giro en la orientación de la política exterior de algunos países</strong>, especialmente, el caso de México, pieza indispensable pero con distancia casi estructural del proceso integrativo latinoamericano.</p>
<p>Pero volvamos al punto inicial. Lo que se criticaba hace un tiempo de Brasil respecto de su aislamiento exhibe hoy importantes pruebas en contrario. Es de esperar que lo mismo pueda decirse de México en el futuro.<br />
<a href="http://www.clarin.com/diario/2008/06/15/opinion/o-03003.htm">http://www.clarin.com/diario/2008/06/15/opinion/o-03003.htm</a></p>
</div>
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		<title>La mala costumbre de temer al debate en política</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Jun 2008 15:44:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Info</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Columnas de Opinión]]></category>

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		<description><![CDATA[El conflicto es inherente a la democracia. Los consensos bajo presión no ayudan a su vitalidad. 
Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 11 de Mayo del 2008
Si la política de otras décadas se caracterizó por un carácter confrontativo —lo que tuvo una justificación tanto en la naturaleza de los conflictos como [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>El conflicto es inherente a la democracia. Los consensos bajo presión no ayudan a su vitalidad. <!--AJA--></em></p>
<p>Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 11 de Mayo del 2008</p>
<p>Si la política de otras décadas se caracterizó por un carácter confrontativo —lo que tuvo una justificación tanto en la naturaleza de los conflictos como en su carga ideológica—, el cambio en estos dos aspectos abre paso a una <strong>nueva visión en la que se enfatiza el carácter consensual de la política</strong>. Se estigmatiza incluso la época anterior y la dimensión conflictiva, haciéndolas pasar por la causa principal de las crisis que llevaron al derrumbe de sistemas políticos y a las dictaduras militares.</p>
<p>Se instala entonces una <strong>nueva ideología</strong>, por supuesto sin el carácter doctrinario de las anteriores, que proclama que <strong>todo consenso es bueno y todo conflicto es dañino</strong> y, entonces, hay que negarlo, esquivarlo o superarlo de cualquier manera. La posibilidad de conflictos estructurales, es decir, de carácter permanente, es vista como una <strong>amenaza a la sobrevivencia de la sociedad</strong>, y por lo tanto el <strong>consenso a todo precio será usado como chantaje</strong> para aislar al &#8220;conflictivo&#8221; u obligarlo a negociar y aceptar la solución que se le impone aun cuando contraríe sus intereses.</p>
<p>La referencia a la globalización y sus restricciones a las posibilidades de acción de los países vulnerables, el calentamiento global y la crisis catastrófica medioambiental y energética, o, en sus expresiones más crudas, el fin de las ideologías y proyectos alternativos y, sobre todo, la necesidad de no perjudicar la estabilidad, el crecimiento y el libre juego de los mecanismos de mercado o la dimensión técnica del problema, son algunos de los <strong>argumentos utilizados por esta nueva visión</strong>. Ella es coadyuvada por los medios de comunicación en la medida que al exacerbar todo enfrentamiento menor y darle cobertura muy superior a su importancia retroalimentan una percepción contraria a cualquier debate o conflicto.</p>
<p>Estamos frente a un <strong>cambio en el papel de la política en nuestras sociedades</strong>, por un lado, en el sentido que ella no parece ser el campo exclusivo de definición de su rumbo ni tampoco de debate de grandes proyectos o visiones alternativas. Por otro lado, se produce una <strong>exacerbación de conflictos particulares y parciales</strong>, en la medida que hay una emergencia de múltiples y nuevos sectores que luchan por sus derechos en el espacio democrático y que no encuentran en el ámbito político o en las organizaciones tradicionales un patrón común. Tal incremento de la conflictividad, donde además los conflictos propiamente políticos aparecen desgajados de los que provienen de la sociedad, <strong>aumenta la inseguridad o el desconcierto y la presión por el &#8220;que se pongan todos de acuerdo&#8221;</strong>.</p>
<p>Finalmente, también hay que aceptar que la política no debiera ser sólo confrontación, sino también consenso o colaboración en la búsqueda de un bien común, siempre difícil de definir y, por lo tanto, nunca exento de debate o conflicto.</p>
<p>Porque <strong>el debate y el conflicto son condiciones necesarias para un consenso</strong>. Sobre todo en aquellos grandes temas que constituyen el núcleo ético y doctrinario, los fundamentos de la convivencia en un país, sobre todo cuando estamos en períodos, &#8220;plásticos&#8221;, en los que nuestros países están reconstruyendo su unidad como comunidad histórica. <strong>Esto se ilustra más dramáticamente en casos como el boliviano o el colombiano</strong>, con todas sus diferencias, o en las situaciones de <strong>búsqueda de nuevas Constituciones</strong>. Además, hay que aceptar que los <strong>consensos fundamentales también están siempre en reformulación y profundización</strong>. Porque las percepciones de los actores sociales van variando —entre otras cosas, por un mayor conocimiento y experiencia—, <strong>todo consenso que no se base en debates y conflictos arriesga ser la imposición larvada de una determinada relación de poder</strong>, es decir, lo contrario de un consenso propiamente tal.</p>
<p>Muchas de las soluciones apresuradas a cuestiones fundamentales en educación, economía o en derechos humanos, por citar sólo algunos ejemplos, se han hecho <strong>bajo la amenaza de la pérdida de unidad, por la presión de grupos de poder fáctico, por cálculos coyunturales</strong> y al cabo de un par de años se revelan erradas y tienen que revisarse enteramente con el agravante no sólo de la pérdida de tiempo y oportunidad, sino del alejamiento de los actores involucrados. En este sentido, las &#8220;comisiones nacionales&#8221; que se crean en algunas partes con distintos nombres, carentes de institucionalidad y responsabilidad frente a los Parlamentos, se revelan más como mecanismos de apaciguamiento y postergación de conflictos que de solución real de problemas.</p>
<p><strong>Quizás uno de los déficit mayores de nuestras democracias sea este aspecto llamado por algunos &#8220;democracia deliberativa&#8221;</strong>. Es interesante notar que si tampoco hay una institucionalidad para otro aspecto deficitario no siempre bien definido como es la democracia participativa, éste ha ido buscando sus espacios en movilizaciones a veces sectoriales o a veces masivas, aunque su fuerza radique casi exclusivamente en el <strong>aspecto reivindicativo y también corporativo</strong>.</p>
<p>Pero el aspecto deliberativo —de debate de ideas y propuestas, con una dimensión necesaria, aunque no excluyente, de conflicto y confrontación regulada— no tiene ni los espacios informales ni los ámbitos institucionales de desarrollarse. Esto exige un <strong>cambio en los partidos políticos</strong>, a los que hay que dotar de recursos para que cumplan su <strong>misión de educación cívica</strong> y se generen foros donde se encuentren ciudadanos, políticos y funcionarios del Estado, se resignifiquen las Universidades públicas y los Parlamentos en la vida política nacional y se verifique una profunda reforma de los medios de comunicación para que expresen y acojan el debate público sin la tergiversación de sus propios intereses.</p>
<p>Sólo después de conflictos y debates podrá esperarse que el consenso sobre ciertos temas sea <strong>no el reflejo unilateral de ciertas visiones e intereses particulares</strong> sino la <strong>expresión de un auténtico proyecto nacional</strong> en todas las áreas.</p>
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		<title>La ciudadanía ante el ideario de integración</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Jun 2008 15:41:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Info</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Columnas de Opinión]]></category>

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		<description><![CDATA[La idea de un bloque regional genera respuestas de la opinión pública que abren un desafío para la acción política.
Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 20 de Abril del 2008
Los estudios de opinión pública, como se sabe, permiten conocer parcialmente las reacciones de la gente en un determinado momento frente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>La idea de un bloque regional genera respuestas de la opinión pública que abren un desafío para la acción política.</em></p>
<p>Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 20 de Abril del 2008</p>
<p><strong>L</strong>os estudios de opinión pública, como se sabe, permiten conocer parcialmente las reacciones de la gente en un determinado momento frente a un determinado problema. Existe un gran riesgo de extrapolar estas opiniones al análisis de movimientos y procesos sociales.</p>
<p>Cabe recordar, por ejemplo, que hace cuarenta años los estudios de opinión pública daban a conocer un alto grado de satisfacción de los estudiantes universitarios en Francia semanas antes que estallara el más importante movimiento de protesta y cambio entre esos mismos estudiantes.</p>
<p>En la época de la dictadura en Chile, <strong>el tema de los derechos humanos no era considerado como lo más importante por la población en las encuestas de opinión</strong>, y fue a juicio de todos los estudios posteriores un factor fundamental en la derrota de Pinochet en el plebiscito de 1988.</p>
<p>Todo esto a propósito del segundo Informe sobre Oportunidades de Integración Regional, recientemente dado a conocer por Latinobarómetro. Con todas las reservas señaladas, el estudio aporta datos interesantes que conviene considerar. Por un lado, en promedio y con variaciones importantes por países, existen opiniones minoritarias a favor de la venta de recursos energéticos en condiciones especiales a los países que lo necesitan o a favor de aprovechar la crisis energética como oportunidad para avanzar en la integración; y <strong>opiniones mayoritarias adversas a la inmigración, </strong>tanto de etnias o razas iguales o diferentes a los nacionales, como a la proveniente de países pobres. Todo ello camina en el sentido contrario de una integración de la región.</p>
<p>Pero, por otro lado, <strong>existen opiniones levemente mayoritarias en el sentido que los países deben hacer concesiones para avanzar en la integración </strong>y en el sentido de generar un parlamento que proponga leyes comunes; de eliminar impuestos de importación/exportación y condiciones políticas y restricciones a la inversión extranjera dentro de la región. Hay también porcentajes importantes, aunque no mayoritarios, de población abierta a la discusión de estos temas sin haber tomado una posición a favor o en contra, y favorables a libre circulación de ciudadanos y la igualdad de derechos entre nacionales y extranjeros.</p>
<p>Los resultados mostrados por el Informe muestran una preocupante <strong>actitud recelosa de la población a una integración que ven lejana o riesgosa </strong>para sus intereses personales en caso de las inmigraciones. Esto contradice la imagen que nos hacemos de la integración como una demanda popular y masiva explícita. Ello nunca ha sido así ni siquiera en los casos de los modelos exitosos de integración como el europeo. Es cuestión de recordar los plebiscitos estrechos y muchas veces contrarios en esta materia en diversos países. Pero al mismo tiempo <strong>muestran el espacio que se abre al liderazgo político para hacer avanzar los procesos de integración</strong>, lo que también es concordante con lo ocurrido en otras latitudes.</p>
<p>Quizás los datos más interesante al respecto sean la opinión mayoritaria a favor de un parlamento que haga leyes comunes y de hacer concesiones para que la integración avance. Es evidente que hay una contradicción entre los temores que despiertan algunos aspectos insoslayables de la integración, como la inmigración o la igualdad de derechos entre nacionales y extranjeros, y la convicción que los países deben ceder ante instancias comunes, instancias que eventualmente podrían dictar leyes que los afectaran.<strong> La idea de un parlamento con leyes comunes es una demanda política, de construcción de una polis supra-nacional. </strong>No va a haber grandes movilizaciones en ese sentido, pero sin duda habrá aceptación si ello ocurre. Entonces, éste es el espacio de la voluntad política, de la acción de los dirigentes y los partidos.</p>
<p>Como en todos los grandes procesos de construcción institucional, hay un núcleo duro a favor, un núcleo duro en contra y una gran mayoría abierta a tomar decisión en uno u otro sentido. En los procesos de integración supranacional esto se hace más patente aún. Por ello son los mensajes que provengan del liderazgo político los que pueden alinear a la dirigencia económica, aislando a los refractarios y al sistema mediático y convencer a una opinión pública que sólo tiene en contra el temor a que sus vidas personales sean afectadas, por ejemplo en el ámbito laboral, pero que en su imaginario político e histórico, en un sustrato cultural intangible, ven <strong>la integración como el único horizonte de sus países</strong>. Y he aquí que nuevamente parecen unirse dos elementos que solemos poner en tensión: el ideario nacional y el ideario de integración supra-nacional.</p>
<p>Pereciera ser que en nuestra época globalizada, el debilitamiento de los sentimientos estatal-nacionales pudieran favorecer una demanda supra-nacional y que la insistencia en este nivel amenazara la conciencia y la idea de un proyecto nacional. Y ocurre todo lo contrario: <strong>la pérdida del sentido de nacionalidad lleva al refugio en la comunidad más cercana o al individualismo</strong>.</p>
<p>En tanto el sentimiento de pertenencia a una nación y a su proyecto histórico lleva al convencimiento que <strong>no hay destino de nación en el mundo de hoy, que es ya el futuro, si no es a través de la conformación de bloques</strong>. Pero ello no opera explícitamente ni como demanda movilizadora, sino a través, como hemos dicho, de los complejos meandros de los sustratos culturales que toca al liderazgo político explicitar y movilizar.</p>
<p>Se puede así hacer una lectura pesimista de los datos de opinión pública respecto de la actitud individual frente a fenómenos como el de la inmigración. Pero <strong>si se examina el campo abierto a la acción política y a la creación de instancias comunes, el panorama aparece ampliamente auspicioso</strong>, siempre que se entienda que hoy construcción o re-construcción del Estado nación y construcción de ámbitos o bloques supra-nacionales son dos procesos, a la larga, indisociables.</p>
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		<title>La OEA, en busca de la legitimidad perdida</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Jun 2008 15:37:44 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Columnas de Opinión]]></category>

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		<description><![CDATA[Si América latina quiere verdadera integración, sus organizaciones políticas deben funcionar con autonomía de EE.UU.
Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 23 de Marzo del 2008
Es evidente que la solución encontrada al conflicto entre Ecuador y Colombia por la incursión armada del segundo en el territorio del primero con el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Si América latina quiere verdadera integración, sus organizaciones políticas deben funcionar con autonomía de EE.UU.</em></p>
<p><!--AJA-->Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 23 de Marzo del 2008</p>
<p>Es evidente que la solución encontrada al conflicto entre Ecuador y Colombia por la incursión armada del segundo en el territorio del primero con el fin de atacar a las FARC significó un <strong>avance en el reconocimiento y legitimidad de una institución tan cuestionada como la OEA</strong>. La gestión del secretario general José Miguel Insulza alcanzó aquí un punto sobresaliente. </p>
<p>Pero si uno revisa el modo como se gestó el último acuerdo de la OEA —en el que, entre otras cosas, se rechaza la incursión colombiana y este Estado se disculpa, se generan mecanismos de verificación de lo que ocurre entre ambas fronteras y se condenan las acciones de grupos criminales— se comprobará que el <strong>principal obstáculo fue siempre Estados Unidos</strong>. Estados Unidos se oponía a la resolución y al final la acepta por petición colombiana, pero manifiesta su desacuerdo con el artículo que rechaza la incursión de este país en otro aludiendo a <strong>razones de defensa legítima</strong>.</p>
<p>Esto confirma que la <strong>política colombiana militar respecto de la guerrilla está dirigida por y subordinada a los Estados Unidos</strong>, que sigue aquí su política de intervención directa o indirecta. Se revela también que, si no hubiera sido por los Estados Unidos, los países latinoamericanos de la OEA habrían encontrado una solución mucho más rápida y más adecuada para la región.</p>
<p>De modo que se pone en el tapete nuevamente, y esta vez frente a una <strong>OEA relegitimada, revitalizada y más autónoma</strong>, la cuestión de si una organización política de países latinoamericanos en la que participan los Estados Unidos es funcional al debate, intereses y visiones de futuro de la región.</p>
<p>Algunos Jefes de Estado ya han planteado informalmente la <strong>necesidad de pensar en una organización autónoma</strong>, pero de una vez por todas esto tiene que encararse y no seguir, como siempre, esperando una ocasión más &#8220;propicia&#8221;.  </p>
<p>Lo cierto es que si estos países aspiran a una mayor integración entre ellos frente al mundo globalizado y los grandes poderes transnacionales, la instancia y organización política son indispensables. Es seguro que una <strong>organización autónoma de esos países</strong>, en vez de detener o retardar, <strong>aceleraría la integración económica y cultural</strong>.</p>
<p>Vale la pena recordar a este propósito los conceptos del presidente de Italia, Giorgio Napolitano, en la recepción ofrecida por la presidenta de Chile, Michelle Bachelet (recepción que, curiosamente, fue mediáticamente opacada por la propaganda en torno a la visita de un músico italiano esos mismos días). Napolitano decía que si los países de la región querían superar sus desigualdades y enfrentar la globalización, al mismo tiempo que colaborar con las otras regiones del mundo, <strong>debían seguir un camino autónomo de integración semejante al de la Unión Europea</strong>.</p>
<p>Hay aquí dos cuestiones que enfrentar.</p>
<p>Por un lado, en una instancia u organización política de países latinoamericanos <strong>no caben los Estados Unidos</strong>. La experiencia —entre otras— de la OEA lo ratifica en la medida que, creada en el nacimiento de la Guerra Fría, nadie puede negar que, junto a la presión bilateral, ha sido <strong>uno de los principales instrumentos de la política norteamericana para la región</strong>.</p>
<p>El valioso esfuerzo desplegado por el secretario general de la OEA en los últimos años muestra que <strong>sólo se puede llegar hasta un cierto punto si se quiere contrariar la política internacional norteamericana</strong>, porque ésta se genera <strong>al margen de cualquier organización</strong> y, a la postre, <strong>no respeta ni tratados ni acuerdos,</strong> como lo mostraron el caso de Irak recientemente o las diversas intervenciones en América latina a lo largo de décadas.</p>
<p>La política de Bush no es más que una brutal y desenfadada exacerbación de una <strong>estrategia imperial</strong> (aunque esta expresión moleste y se descalifique a quienes la usan) que <strong>no cambiará nunca</strong> porque precisamente es, con matices según los gobiernos sean democráticos o republicanos, la que conviene a ese país.</p>
<p>Por lo tanto, nuestros países no pueden quedar a merced de los cambios internos de la política norteamericana.</p>
<p>Pero, por otro lado, si es indispensable una organización de los Estados latinoamericanos como parte de un proceso verdadero de integración, <strong>¿qué se hace con la OEA si es que hubiera capacidad y voluntad para avanzar en una organización latinoamericana de Estados?</strong></p>
<p>No estoy convencido de que se trate de desahuciar toda organización con Estados Unidos, porque eso sería dejar a cada país en la indefensión. En un foro común se puede <strong>neutralizar en parte la agresividad imperial o al menos obligarla a rendir cuentas, a justificarse</strong>, y es un espacio para confrontarla y denunciarla.</p>
<p>Siempre será bueno una instancia de diálogo y de apertura de posibilidades de cooperación en beneficio del desarrollo de nuestros países y de acuerdos para enfrentar grandes problemas del mundo globalizado. Aunque sabemos la renuencia de Estados Unidos para aceptar las propuestas de los otros países en temas de este tipo, como lo demuestra su actitud frente a la contaminación mundial, por ejemplo. Pero estas formas de asociación <strong>no debieran extenderse a cuestiones de conflictos entre los países latinoamericanos, ni a posturas comunes de la región frente a otros problemas y bloques en el mundo.</strong></p>
<p>Los positivos pero limitados acuerdos logrados por los países latinoamericanos recientemente en la OEA y la actitud que frente a ellos tuvieron los Estados Unidos no debieran llevarnos a fortalecer la actual forma de organización política entre nuestros Estados sino a <strong>diferenciarla en dos instancias</strong>. Una, la que apunta a la integración política, generando una organización autónoma de nuestros Estados. La otra, mucho más circunscripta, que apunta a la cooperación y diálogo con los Estados Unidos. Es a esto únicamente a lo que debiera quedar reducida la actual OEA.</p>
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