manuelantoniogarreton.cl

Agosto 19, 2008

En busca de más calidad democrática

Archivado en: General — Info @ 2:39 am

Después de superar el pasado autoritario,
los países de Latinoamérica tienen una nueva agenda institucional y social.

Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 17 de Agosto del 2008

Terminadas las transiciones y asegurada una consolidación de los regímenes post-dictatoriales, a pesar de las desestabilizaciones y caídas de presidentes bajo presión popular -problemática central de los ochenta y noventa y comienzos de esta década-, una nueva cuestión se hace predominante: es la calidad de la democracia conquistada y consolidada. Si bien es cierto que desde la instalación misma de los nuevos regímenes existió en varios sectores la preocupación por el tipo de democracia que se estaba gestando, ella fue menor frente al tema de la mera existencia del régimen democrático y a los riesgos iniciales de reposición de dictaduras, y también se orientaba más a la herencia o enclaves legados por éstas que a los rasgos nuevos de la vida política. Hoy que este riesgo parece lejano, la calidad de las democracias latinoamericanas ocupa el lugar principal del análisis y debate político.

De eso dan cuenta rankings e indicadores que se ofrecen, sea a partir de encuestas que miden subjetividad, o a través de datos que se extraen de la realidad institucional o del funcionamiento efectivo de las democracias. Ellos pueden ser de resultados socioeconómicos, de calidad de las instituciones o de niveles de satisfacción o una combinación de algunos o todos ellos.

Hay tres aspectos, sin embargo, de los que estos rankings o indicadores no dan cuenta. El primero de ellos se refiere a que la mera existencia de determinadas instituciones, propias de la democracia, en determinados contextos no garantiza su carácter democrático. Por ejemplo, la presencia de elementos constitucionales antidemocráticos o el hecho que una Constitución haya sido heredada del régimen dictatorial sin la generación de una nueva y democrática. O, al revés, elementos que en una determinada sociedad pueden satisfacer los estándares democráticos, en otras pueden mermar la calidad de esa democracia. Es lo que ocurre con los sistemas electorales. Se ha hecho un lugar común afirmar que éstos son neutros y que uno no es más democrático que otro. Y lo cierto es que si uno examina los efectos en una sociedad, se dará cuenta de que no es igualmente democrático un sistema que otro y que los bienes que todo sistema electoral busca garantizar, como proporcionalidad, pluralismo, participación, no quedan igualmente garantizados en determinada sociedad por un sistema que sí puede garantizarlo en otra. Así se pueden cumplir todos los requerimientos de elecciones libres, competitivas y transparentes y el resultado no ser la expansión y profundización democrática sino la conformación de una elite cerrada y excluyente. Lo mismo ocurre con la conformación del Poder Judicial o las relaciones Ejecutivo-Legislativo, por nombrar algunos temas que no pueden ser analizados con criterios cuantitativos y que ponen un límite al análisis comparativo. Cuando el análisis de la calidad democrática en un sistema de rankings e indicadores que no muestran la historicidad de cada situación deja de ser una manera más de analizar y se transforma en la única, estamos frente al predominio de la razón tecnocrática y mediática por sobre la deliberación argumentativa que es la esencia del análisis democrático. Para decirlo muy directamente y con un ejemplo, no deja de ser grosero que un país como Chile, que no tiene una Constitución democrática, que tiene un sistema electoral excluyente y que le da a la minoría un poder de veto, un Poder Judicial con jueces que defienden la impunidad por las violaciones de derechos humanos, aparezca en los primeros lugares de los rankings de calidad democrática .

El segundo aspecto tiene que ver con que, sin minusvalorar la autonomía de la democracia política, la calidad de ésta se ve afectada necesariamente por elementos socioeconómicos y culturales. La cuestión de la igualdad efectiva de derechos, que toca a uno de los principios éticos fundantes de la democracia política y que exige la distribución equitativa del poder y la riqueza y la existencia de una verdadera comunidad socioeconómica, y la cuestión de la diversidad cultural, que no impide sino fortalece la cohesión social, son elementos que si bien no pueden considerarse como condición de existencia de los regímenes democráticos, son indispensables de considerar a la hora de evaluar su calidad. La ausencia de estas dimensiones en los rankings de democraticidad, desfigura absolutamente los análisis comparativos y los transforma a veces en instrumentos más ideológicos que científicos.

El tercer aspecto, del que daba cuenta Fernando Vallespín hace unas semanas en la reunión de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política de Costa Rica, se refiere a que no siempre en la evaluación de la calidad de la democracia se tiene en cuenta la transformación de las democracias representativas a través de partidos políticos en democracias orientadas por la lógica mediática en que el demos, ciudadanía o electorado, los candidatos y también los que ocupan los más altos puestos de representación, dejan de responder a las opciones partidarias y quedan capturados en la lógica de los medios de comunicación, que es todo menos el reino de la democracia deliberativa o argumentativa, aunque en determinados contextos los medios puedan jugar un papel de gran importancia democrática, siempre que no sean la única fuente de información y análisis y que no domine la idea de que no se existe si no se está en los medios. La transformación de los medios en poderes fácticos limita el carácter democrático de los procesos políticos, lo que se agrava en situaciones en que ni siquiera existe el pluralismo dentro de ellos. Para decirlo con ejemplos, es evidente que la Italia de Berlusconi es menos democrática que muchas democracias que aparecen más bajo que Italia en los rankings, aunque figure en un lugar alto en esas mediciones. Y eso se puede aplicar en nuestros propios países también.

No se trata de negar el valor que puedan tener los índices y rankings de la calidad democrática, sino de señalar sus límites y profundizar los análisis con argumentos que den cuenta de los contextos históricos y del sentido que en esos marcos tienen tales índices.

Agosto 1, 2008

Más allá del rescate en Colombia: la cuestión del Estado

Archivado en: General — Info @ 3:22 am

La ausencia del Estado, así como su escasa eficiencia, originan los principales problemas de Latinoamérica.

El rescate de Ingrid Betancourt y otros rehenes de las FARC, sin duda que ha alegrado a todo el mundo y con razón, pues no hay ninguna causa que permita resistirse a tal euforia. Sin embargo, estamos también obligados a ir más allá de este momento para reflexionar sobre su enorme significación. Por un lado, y contrariamente a lo que han planteado fuerzas políticas y mediáticas, parece inconducente buscar ganadores y perdedores políticos que no sean, éstos últimos, las FARC mismas y una visión sobre la revolución y el cambio social por la vía violenta y las armas. Porque precisamente lo que ha sido derrotado es la idea que el cambio radical de sociedad puede y debe hacerse de esa manera en nuestras circunstancias, lo que pudo justificarse debido al clima ideológico de un momento, pero que ya el mismo movimiento guerrillero de Chiapas habìa desechado al criticar la toma del poder por un grupo militar.

Por otro lado, tampoco la liberación de Betancourt debiera llevar a la exaltación de la vía militar para resolver situaciones que no sean sólo militares y que tengan algo de político. No sólo porque no está claro aún si no hubo negociaciones subterráneas, lo que hubiera sido perfectamente legítimo pero debiera en algún momento transparentarse, sino porque aunque hubiera sido sólo una operación militar, ella debiera ser siempre un último recurso. En este sentido, quienes dentro o fuera del país estuvieron por buscar la liberación en forma negociada no debieran ser considerados como los perdedores. Es más, probablemente sin los pasos de negociación previos fracasados o no, no hubiera existido operación militar exitosa.

Más allá de estos hechos, que debieran llevar a nuevas liberaciones y al término definitivo del conflicto en Colombia, éste vuelve a poner el tema central del Estado en América Latina. Porque si es evidente que en Colombia el conflicto que expresan en conjunto las FARC, el narcotráfico y los para-militares, tiene su origen en la ausencia o déficit de estatalidad, este fenómeno está en el origen también de la mayor parte de problemas por los que atraviesan el resto de nuestros países. Ni los que afectan al resto de los países andinos ni los que originaron las crisis económicas de otros ámbitos de la región, dejan de estar penetrados por esta cuestión del Estado. La paradoja es que en la región quienes están por soluciones militares a los problemas políticos son los mismos que han buscado deslegitimar y reducir al mínimo o hacer desaparecer el Estado. Y lo que las crisis políticas y económicas muestran es que sólo se sale de ellas con más, más fuerte y más legítimo Estado. Y que ello supone no sólo el elemental aspecto que el Estado tenga el monopolio legítimo de la fuerza y de instituciones que lo controlan en toda la extensión del territorio, sino que también tenga todos los recursos materiales, institucionales, simbólicos y humanos para cumplir su misión de agente de unidad, desarrollo e inserción de la nación en el mundo globalizado.

Lo que está en cuestión hoy día es precisamente el modelo de Estado para el tipo de problemática que enfrentan nuestras sociedades y también la resignificación de la función de defensa nacional. En la mayor parte del siglo XX se desarrolló en la región un modelo de Estado que correspondía a esas características y que pudo llamarse Estado desarrollista, nacional-popular, populista. Los dos grandes déficit de este Estado fueron por un lado, que muy pocas veces se sostuvo en regímenes democráticos y, más grave aún, que su enraizamiento en la sociedad fue precario y quedó a merced de élites y grupos de poder al final más preocupados de sus intereses que del desarrollo. Todo lo cual redundó en ineficiencias y débil institucionalidad. Las reformas neo-liberales intentaron cambiar este modelo de Estado interventor ya fuera por reducirlo a su insignificancia, ya fuera para convertirlo en subsidiario del mercado que pasaba a ser el agente principal de crecimiento.

Su fracaso fue total en la generación de un nuevo Estado, pero lograron desarticular y descomponer el Estado previamente existente. Muchos gobiernos democráticos han intentado en el último tiempo hacer reformas parciales que corrijan las anteriores. Pero, más allá de los avances y defectos de estas llamadas “reformas” del Estado, hay que señalar que su problema básico es que, por tratarse de medidas, mecanismos o instrumentos precisamente parciales y muchas veces disociados de las llamadas reformas políticas, a diferencia del Estado desarrollista o del mismo Estado neo-liberal carecen de un modelo o proyecto de sociedad y de Estado. De modo que la primera cuestión que debe enfrentarse es cuál es el Estado que se quiere reemplace a los anteriores, lo que implica pensar en una nueva matriz de relación entre él, el sistema de representación y la sociedad o actores sociales mismos y ello en los planos local, regional, nacional y supra-nacional.

Mirando hacia delante, también la función de defensa nacional deberá sufrir cambios radicales en su significación, pasando de los aspectos militares a los que se refieren principalmente a temas como la defensa de los recursos y del medio ambiente. Y es muy probable que la función militar que ha querido destacarse en demasía en el caso de la crisis colombiana actual y su salida, deba ir reduciéndose al aporte que pueda hacerse a misiones multinacionales de paz o a la defensa de un bloque latinoamericano supranacional.
 

Creado con WordPress. Traducción Wordpress en Castellano.