La Política retoma su rol ante la Economía
La crisis obliga a tomar una serie de intervenciones estatales, corrigiendo la visión unilateral del neoliberalismo.
Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 26 de Octubre del 2008
Con el título de “‘Malestar global? Dilemas de cambio” se llevará a cabo en Santiago de Chile el Congreso Mundial de Ciencia Política en julio del próximo año. Hasta hace unos meses ése parecía ser un título relativamente pasado de moda, una especie de “revival” de los noventa de los países subdesarrollados o en desarrollo, por parte de europeos y norteamericanos que recién empezaban a sentir lo que nuestros países sentían hace décadas. Hoy con la crisis financiera este título vuelve a cobrar vigencia y urgencia. El malestar global se dirige precisamente a la causa que provocaba una situación de descontento generalizado pero vago al que se llamaba globalización.
Lo que la era del mercado des-regulado o del neoliberalismo proclamó y hoy llega, esperamos, a su fin, fue el predominio irrestricto de la economía sobre la política estigmatizando el papel de ésta, vaciando de contenido y haciendo así irrelevante a las democracias que se expandían por primera vez en la historia en toda la región. Quizás el símbolo principal de todo ello era la crítica ideológica al Estado y la receta práctica de las privatizaciones y desregulaciones. Algunos ideólogos, obnubilados con el neo-liberalismo, calificaban a los defensores de la política y del papel dirigente del Estado como perfectos idiotas, hasta que desde los mismos Estados Unidos a través del mismo Fukuyama al que apelaban, les hizo ver su ignorancia respecto de esos puntos. Uno de estos periodistas, que sí pertenece al club de los perfectos idiotas del neoliberalismo se ve en la humillación de tener que entrevistar al nuevo Premio Nobel de Economía que le muestra el fracaso absoluto de esta ideología y que ve en la siniestra alianza entre ideólogos economistas y mediáticos, gran capital financiero y el gobierno de EE.UU. a los únicos verdaderos culpables de la actual crisis mundial. Nada menos que Paul Samuelson remata esto con la lápida sobre Friedman y sus seguidores. El denigrado Galbraith regresa en gloria y majestad, y la solución por la cual todos claman es la intervención estatal y política sobre la economía. Y la palabra de moda hoy es “nacionalización” o “estatización”. Es la derrota de los verdaderos perfectos idiotas. Pero a un precio que la humanidad no debiera haber pagado.
Hace unas décadas, una elite de los países subdesarrollados se dejó encantar por las modas que venían del Norte y que se basaban en una crítica radical a los esfuerzos, no siempre logrados, que rehacían en nuestros países por salir de la dependencia y el sub-desarrollo. No hay que olvidar que el enemigo principal del neoliberalismo fue el modelo cepaliano y desarrollista. Afortunadamente, tanto la CEPAL como las visiones de centroizquierda que proclamaban la primacía de la política sobre la economía, sin dejar de reconocer la autonomía relativa de ambas, no sucumbieron pese a los esfuerzos que se hicieron desde los grandes poderes fácticos para desprestigiarlas y hacerlas desaparecer y en nuestra región desde hace algún tiempo están teniendo una segunda oportunidad.
Se podrá discutir si una u otra medida de solución de la crisis es más o menos adecuada. Pero el sentido de cualquiera de ellas es unívoco: mayor intervención del Estado, mayor control de los mercados, mayor protección de los empleos y fondos de los grandes sectores vulnerables. Y aquí estamos frente no a un conjunto de medidas parciales, sino frente a la necesidad de un nuevo conjunto de reformas estructurales, a un giro en el sentido exactamente contrario al modelo que se impuso en la década del noventa y que se corrigió sólo parcialmente por parte de organismos internacionales y de algunos gobiernos democráticos: el paso de un capitalismo liberal de mercado que aspira a ser al final una sociedad de mercado, a un capitalismo regulado que abre paso a otras formas de organización de la economía controlada por la política y el Estado y, por lo tanto a un modelo de tipo socialdemócrata y de Estado de protección social
Y en este sentido, la cuestión emblemática de las nacionalizaciones o estatizaciones cobra todo su valor. No se trata de un salvataje del sistema financiero por parte del Estado para volver a la misma situación en un par de años más, como fuera la compra de la deuda bancaria que hiciera la dictadura militar chilena en los ochenta para salvar a sus grupos de apoyo civil, sino de utilizar la intervención estatal y la pérdida de legitimidad de los grandes poderes financieros para generar un nuevo orden socioeconómico. Y ello obliga a revisar también la cuestión de la institucionalidad política.
Porque un Estado dirigente y con mayor capacidad de intervención, que nacionaliza parcial o totalmente, por lo que entra a participar en el patrimonio de las empresas intervenidas, requiere a su vez control político y ciudadano.
Si la regulación y la participación del Estado en la dirección de las empresas estatizadas o la creación de empresas estatales en ámbitos financieros o de la previsión (como se discute en el caso chileno) y otros para ofrecer alternativas al mercado y a los poderes económicos privados, parecen medidas indispensables y relativamente obvias, no están claras cuáles son las instancias políticas que aseguren que la orientación de estas intervenciones será la generación de un nuevo orden económico a nivel nacional, supranacional regional y mundial, y qué tipo de institucionalidad puede crearse para garantizar un control ciudadano.
Es el momento de dar carne a las reformas políticas orientadas a retomar el control responsable de la economía pero también de darles sustento práctico a las tan difundidas proclamaciones del papel de la ciudadanía y la sociedad civil que muchas veces se quedan en retóricas también antipolíticas y antiestatales, pero no generan mecanismos de vinculación entre ciudadanía, política y Estado que efectivamente subordinen a los grandes poderes económicos. Instancias como el Congreso Mundial de Ciencia Política de Santiago 2009 adquieren su verdadero sentido en la medida en que ponen en el debate público la investigación y discusión de las nuevas formas concretas de superar el actual malestar global.