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Octubre 29, 2008

La Política retoma su rol ante la Economía

Archivado en: General — Info @ 12:55 am

La crisis obliga a tomar una serie de intervenciones estatales, corrigiendo la visión unilateral del neoliberalismo.

Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 26 de Octubre del 2008

Con el título de “‘Malestar global? Dilemas de cambio” se llevará a cabo en Santiago de Chile el Congreso Mundial de Ciencia Política en julio del próximo año. Hasta hace unos meses ése parecía ser un título relativamente pasado de moda, una especie de “revival” de los noventa de los países subdesarrollados o en desarrollo, por parte de europeos y norteamericanos que recién empezaban a sentir lo que nuestros países sentían hace décadas. Hoy con la crisis financiera este título vuelve a cobrar vigencia y urgencia. El malestar global se dirige precisamente a la causa que provocaba una situación de descontento generalizado pero vago al que se llamaba globalización.

Lo que la era del mercado des-regulado o del neoliberalismo proclamó y hoy llega, esperamos, a su fin, fue el predominio irrestricto de la economía sobre la política estigmatizando el papel de ésta, vaciando de contenido y haciendo así irrelevante a las democracias que se expandían por primera vez en la historia en toda la región. Quizás el símbolo principal de todo ello era la crítica ideológica al Estado y la receta práctica de las privatizaciones y desregulaciones. Algunos ideólogos, obnubilados con el neo-liberalismo, calificaban a los defensores de la política y del papel dirigente del Estado como perfectos idiotas, hasta que desde los mismos Estados Unidos a través del mismo Fukuyama al que apelaban, les hizo ver su ignorancia respecto de esos puntos. Uno de estos periodistas, que sí pertenece al club de los perfectos idiotas del neoliberalismo se ve en la humillación de tener que entrevistar al nuevo Premio Nobel de Economía que le muestra el fracaso absoluto de esta ideología y que ve en la siniestra alianza entre ideólogos economistas y mediáticos, gran capital financiero y el gobierno de EE.UU. a los únicos verdaderos culpables de la actual crisis mundial. Nada menos que Paul Samuelson remata esto con la lápida sobre Friedman y sus seguidores. El denigrado Galbraith regresa en gloria y majestad, y la solución por la cual todos claman es la intervención estatal y política sobre la economía. Y la palabra de moda hoy es “nacionalización” o “estatización”. Es la derrota de los verdaderos perfectos idiotas. Pero a un precio que la humanidad no debiera haber pagado.

Hace unas décadas, una elite de los países subdesarrollados se dejó encantar por las modas que venían del Norte y que se basaban en una crítica radical a los esfuerzos, no siempre logrados, que rehacían en nuestros países por salir de la dependencia y el sub-desarrollo. No hay que olvidar que el enemigo principal del neoliberalismo fue el modelo cepaliano y desarrollista. Afortunadamente, tanto la CEPAL como las visiones de centroizquierda que proclamaban la primacía de la política sobre la economía, sin dejar de reconocer la autonomía relativa de ambas, no sucumbieron pese a los esfuerzos que se hicieron desde los grandes poderes fácticos para desprestigiarlas y hacerlas desaparecer y en nuestra región desde hace algún tiempo están teniendo una segunda oportunidad.

Se podrá discutir si una u otra medida de solución de la crisis es más o menos adecuada. Pero el sentido de cualquiera de ellas es unívoco: mayor intervención del Estado, mayor control de los mercados, mayor protección de los empleos y fondos de los grandes sectores vulnerables. Y aquí estamos frente no a un conjunto de medidas parciales, sino frente a la necesidad de un nuevo conjunto de reformas estructurales, a un giro en el sentido exactamente contrario al modelo que se impuso en la década del noventa y que se corrigió sólo parcialmente por parte de organismos internacionales y de algunos gobiernos democráticos: el paso de un capitalismo liberal de mercado que aspira a ser al final una sociedad de mercado, a un capitalismo regulado que abre paso a otras formas de organización de la economía controlada por la política y el Estado y, por lo tanto a un modelo de tipo socialdemócrata y de Estado de protección social

Y en este sentido, la cuestión emblemática de las nacionalizaciones o estatizaciones cobra todo su valor. No se trata de un salvataje del sistema financiero por parte del Estado para volver a la misma situación en un par de años más, como fuera la compra de la deuda bancaria que hiciera la dictadura militar chilena en los ochenta para salvar a sus grupos de apoyo civil, sino de utilizar la intervención estatal y la pérdida de legitimidad de los grandes poderes financieros para generar un nuevo orden socioeconómico. Y ello obliga a revisar también la cuestión de la institucionalidad política.

Porque un Estado dirigente y con mayor capacidad de intervención, que nacionaliza parcial o totalmente, por lo que entra a participar en el patrimonio de las empresas intervenidas, requiere a su vez control político y ciudadano.

Si la regulación y la participación del Estado en la dirección de las empresas estatizadas o la creación de empresas estatales en ámbitos financieros o de la previsión (como se discute en el caso chileno) y otros para ofrecer alternativas al mercado y a los poderes económicos privados, parecen medidas indispensables y relativamente obvias, no están claras cuáles son las instancias políticas que aseguren que la orientación de estas intervenciones será la generación de un nuevo orden económico a nivel nacional, supranacional regional y mundial, y qué tipo de institucionalidad puede crearse para garantizar un control ciudadano.

Es el momento de dar carne a las reformas políticas orientadas a retomar el control responsable de la economía pero también de darles sustento práctico a las tan difundidas proclamaciones del papel de la ciudadanía y la sociedad civil que muchas veces se quedan en retóricas también antipolíticas y antiestatales, pero no generan mecanismos de vinculación entre ciudadanía, política y Estado que efectivamente subordinen a los grandes poderes económicos. Instancias como el Congreso Mundial de Ciencia Política de Santiago 2009 adquieren su verdadero sentido en la medida en que ponen en el debate público la investigación y discusión de las nuevas formas concretas de superar el actual malestar global.

 

Octubre 7, 2008

Es raro ver a los políticos estudiar

Archivado en: Columnas de Opinión — Info @ 3:14 pm

Es necesario generar mutuas aperturas entre la academia, la política y la opinión pública para profundizar la democracia deliberativa. La actual crisis muestra la importancia de reflexionar sobre el funcionamiento de los poderes económicos.

Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 7 de Octubre del 2008

El próximo año en Julio, en los inicios de las celebraciones de los bicentenarios en varios países, se realizará el 21 Congreso Mundial de Ciencia Política en Santiago  de Chile, bajo el título “¿Malestar global?  Dilemas de cambio”, organizado por la Asociación Mundial de Ciencia Política (IPSA).  Si hago uso de este espacio para comentar este evento, y se me disculpará por ello siendo Presidente del Comité Local Organizador, no es por una cuestión personal, sino porque creo que tratándose de un evento académico hay que ubicarlo en un  contexto más amplio para proyectar su importancia.

 

Este año en América Latina se han realizado al menos dos eventos importantes para los estudios políticos en que me ha tocado participar. Uno, el de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política y el otro en Rosario el ya tradicional y prestigioso Congreso sobre la Democracia que lleva ya más de una década de realizaciones bianuales y que en su origen fue una creación de estudiantes, con gran poder de convocatoria y alto nivel académico.

 

Menciono todo esto es para mostrar la importancia y despliegue que ha ido adquiriendo la Ciencia Política y más ampliamente los estudios sobre política en nuestra región, lo que obviamente se relaciona con la extensión y consolidación en nuestros países de regímenes democráticos y con la preocupación por los déficit calidad y profundidad de esas democracias, lo que a su vez tiene que ver con la relevancia y significación de la política misma en un mundo dominado por las dinámicas globalizadoras que desarticulan al Estado-nación, las lógicas tecnocráticas y mediáticas y el individualismo ligado más a intereses y al consumo que a la conformación de sujetos que se reconocen unos a otros en una misma comunidad política.

 

Un Congreso Mundial de la Ciencia Política realizado en un país de América Latina, y ello no es primera vez pues Brasil y Argentina han sido sede de estos eventos hace varios años, debiera ser la ocasión de mostrar el estado actual de la disciplina en la región en diálogo con las tendencias de ésta en el resto del mundo, un momento de movilización de intelectuales y profesionales de la teoría y la investigación política para intercambiar trabajos y reflexiones sobre la vida política de nuestros países pero también para rediscutir las teorías y planteamientos que se hacen en los países del norte y que veces consideramos como el único paradigma válido, y que aceptamos acríticamente con la idea que la única ciencia es aquélla que utiliza metodologías cuantitativas o modelos formalizados. Es cierto que en una época estuvimos en franco déficit en estos campos y que ha sido loable el esfuerzo de superar la brecha, pero a veces se olvida que la ciencia social responde en parte importante a intereses y cosmovisiones que dependen de cada contexto histórico. Por ningún motivo habría que caer en pretensiones localistas de creación científica, pero tampoco en el extremo que el dictum de la ciencia lo dan los países centrales.

 

Pero no se trata sólo del díalogo científico y académico, por importante e indispensable que éste sea. A la ciencia social en especial a la que estudia los problemas políticos, se le pìde también que aporte fuera de sus propias fronteras.

 

Por un lado, aportar a quienes practican la actividad política. Y aquí es evidente que hay un problema de lado y lado. Es raro ver a los políticos estudiando y discutiendo los análisis y cuestionamientos que provienen del campo científico social, es decir aceptando el conocimiento que de ahí proviene. En este sentido, es probable que el momento de las transiciones democráticas haya sido una magnífica excepción a ello en cuanto mucho de la revaloración de la democracia y de sus estrategias de construcción se produjo a través de un diálogo entre quienes estudiaban estos procesos y quienes aportaban su sabiduría práctica.  Pero, la presión electoral, la urgencia de tomar decisiones o de legislar, lleva a valorar la actividad académica sólo por su capacidad instrumental de dar respuestas inmediatas o de legitimar la propia acción política. Las evidencias que aporta la ciencia política no son consideradas por los políticos, bajo el pretexto de la socorrida frase “una cosa es la teoría y otra la práctica y la vida misma”. A su vez, el mundo académico desprecia la capacidad de reflexión y de autocrítica del mundo político y pareciera enorgullecerse de no ser reconocido por éste. El modo como ambos mundos analizan las encuestas es un ejemplo de este distanciamiento o, más bien, desconocimiento mutuo.

 

Por otro lado, aportar al debate público y a la ciudadanía. Hay una tendencia a pensar que la divulgación científica, es decir, la comunicación de resultados de reflexiones e investigaciones académicas, a un público más amplio y en un lenguaje entendible, es incompatible con un el rigor propio de la actividad académica. Ello provoca como reacción por parte de la opinión pública el reproche a los académicos por el uso de un lenguaje cerrado que sólo oculta verdades de sentido común al alcance de todos. Con ello se aumenta una distancia que a veces los politólogos tratan vanamente de superar sucumbiendo a la seducción mediática.

 

El cierto oscurantismo moderno que impone el circuito medios-encuestas-opinión pública y las parciales autorreferencias del mundo político y del mundo académico que, por supuesto, no dan cuenta de toda la realidad, pueden ser superadas con la creación de instancias de debate público tanto a nivel de las universidades, como de los espacios propiamente políticos como de los ámbitos mediáticos. En otra época fueron las universidades las que cumplieron esta función, no es que ello haya desaparecido totalmente, pero parecieran resultar insuficientes para involucrar a la ciudadanía.  Se trata en la actualidad de generar mutuas aperturas que contribuyan a expandir y profundizar una democracia deliberativa, la que no puede existir si no se nutre de los tres mundos señalados: la academia, en este caso la actividad politológica, los políticos y la ciudadanía que se expresa en la opinión pública. Eventos como los que hemos comentado y especialmente un escenario académico mundial debieran permitir que este diálogo se fortalezca sin que ninguno de estos mundos pierda sus propias características y autonomía.

 

Las consideraciones anteriores cobran especial vigencia hoy cuando enfrentamos una de las peores dimensiones del malestar global, foco del Congreso Mundial de Ciencia Política Santiago 2009, cual es la actual crisis financiera mundial. Y ello porque precisamente lo que tiende a olvidarse es el carácter estrictamente político de esta crisis, motivada por el predominio de la concepción restrictiva del papel del Estado y la hegemonía absoluta de los poderes fácticos económicos que se niegan a someterse al control de la voluntad democrática. Reflexionar sobre las nuevas formas de regulación y subordinación de las fuerzas de mercado, nacional y globalmente, a la soberanía popular, es decir, a la política, sin desconocer la autonomía relativa de ella, es una tarea urgente que requiere el encuentro mencionado entre el mundo de quienes toman decisiones y el de quienes intentan conocer y comprender el sentido profundo de los procesos sociales y las estrategias de los actores políticos de modo de reordenarlos en torno a lo un sabio llamara “la sociedad buena” , y nosotros diríamos, al menos la sociedad vivible para quienes sufren los embates de los grandes poderes.  

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