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Octubre 7, 2008

Es raro ver a los políticos estudiar

Archivado en: Columnas de Opinión — Info @ 3:14 pm

Es necesario generar mutuas aperturas entre la academia, la política y la opinión pública para profundizar la democracia deliberativa. La actual crisis muestra la importancia de reflexionar sobre el funcionamiento de los poderes económicos.

Manuel Antonio Garretón, columnista invitado en el diario El Clarin, Argentina del 7 de Octubre del 2008

El próximo año en Julio, en los inicios de las celebraciones de los bicentenarios en varios países, se realizará el 21 Congreso Mundial de Ciencia Política en Santiago  de Chile, bajo el título “¿Malestar global?  Dilemas de cambio”, organizado por la Asociación Mundial de Ciencia Política (IPSA).  Si hago uso de este espacio para comentar este evento, y se me disculpará por ello siendo Presidente del Comité Local Organizador, no es por una cuestión personal, sino porque creo que tratándose de un evento académico hay que ubicarlo en un  contexto más amplio para proyectar su importancia.

 

Este año en América Latina se han realizado al menos dos eventos importantes para los estudios políticos en que me ha tocado participar. Uno, el de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política y el otro en Rosario el ya tradicional y prestigioso Congreso sobre la Democracia que lleva ya más de una década de realizaciones bianuales y que en su origen fue una creación de estudiantes, con gran poder de convocatoria y alto nivel académico.

 

Menciono todo esto es para mostrar la importancia y despliegue que ha ido adquiriendo la Ciencia Política y más ampliamente los estudios sobre política en nuestra región, lo que obviamente se relaciona con la extensión y consolidación en nuestros países de regímenes democráticos y con la preocupación por los déficit calidad y profundidad de esas democracias, lo que a su vez tiene que ver con la relevancia y significación de la política misma en un mundo dominado por las dinámicas globalizadoras que desarticulan al Estado-nación, las lógicas tecnocráticas y mediáticas y el individualismo ligado más a intereses y al consumo que a la conformación de sujetos que se reconocen unos a otros en una misma comunidad política.

 

Un Congreso Mundial de la Ciencia Política realizado en un país de América Latina, y ello no es primera vez pues Brasil y Argentina han sido sede de estos eventos hace varios años, debiera ser la ocasión de mostrar el estado actual de la disciplina en la región en diálogo con las tendencias de ésta en el resto del mundo, un momento de movilización de intelectuales y profesionales de la teoría y la investigación política para intercambiar trabajos y reflexiones sobre la vida política de nuestros países pero también para rediscutir las teorías y planteamientos que se hacen en los países del norte y que veces consideramos como el único paradigma válido, y que aceptamos acríticamente con la idea que la única ciencia es aquélla que utiliza metodologías cuantitativas o modelos formalizados. Es cierto que en una época estuvimos en franco déficit en estos campos y que ha sido loable el esfuerzo de superar la brecha, pero a veces se olvida que la ciencia social responde en parte importante a intereses y cosmovisiones que dependen de cada contexto histórico. Por ningún motivo habría que caer en pretensiones localistas de creación científica, pero tampoco en el extremo que el dictum de la ciencia lo dan los países centrales.

 

Pero no se trata sólo del díalogo científico y académico, por importante e indispensable que éste sea. A la ciencia social en especial a la que estudia los problemas políticos, se le pìde también que aporte fuera de sus propias fronteras.

 

Por un lado, aportar a quienes practican la actividad política. Y aquí es evidente que hay un problema de lado y lado. Es raro ver a los políticos estudiando y discutiendo los análisis y cuestionamientos que provienen del campo científico social, es decir aceptando el conocimiento que de ahí proviene. En este sentido, es probable que el momento de las transiciones democráticas haya sido una magnífica excepción a ello en cuanto mucho de la revaloración de la democracia y de sus estrategias de construcción se produjo a través de un diálogo entre quienes estudiaban estos procesos y quienes aportaban su sabiduría práctica.  Pero, la presión electoral, la urgencia de tomar decisiones o de legislar, lleva a valorar la actividad académica sólo por su capacidad instrumental de dar respuestas inmediatas o de legitimar la propia acción política. Las evidencias que aporta la ciencia política no son consideradas por los políticos, bajo el pretexto de la socorrida frase “una cosa es la teoría y otra la práctica y la vida misma”. A su vez, el mundo académico desprecia la capacidad de reflexión y de autocrítica del mundo político y pareciera enorgullecerse de no ser reconocido por éste. El modo como ambos mundos analizan las encuestas es un ejemplo de este distanciamiento o, más bien, desconocimiento mutuo.

 

Por otro lado, aportar al debate público y a la ciudadanía. Hay una tendencia a pensar que la divulgación científica, es decir, la comunicación de resultados de reflexiones e investigaciones académicas, a un público más amplio y en un lenguaje entendible, es incompatible con un el rigor propio de la actividad académica. Ello provoca como reacción por parte de la opinión pública el reproche a los académicos por el uso de un lenguaje cerrado que sólo oculta verdades de sentido común al alcance de todos. Con ello se aumenta una distancia que a veces los politólogos tratan vanamente de superar sucumbiendo a la seducción mediática.

 

El cierto oscurantismo moderno que impone el circuito medios-encuestas-opinión pública y las parciales autorreferencias del mundo político y del mundo académico que, por supuesto, no dan cuenta de toda la realidad, pueden ser superadas con la creación de instancias de debate público tanto a nivel de las universidades, como de los espacios propiamente políticos como de los ámbitos mediáticos. En otra época fueron las universidades las que cumplieron esta función, no es que ello haya desaparecido totalmente, pero parecieran resultar insuficientes para involucrar a la ciudadanía.  Se trata en la actualidad de generar mutuas aperturas que contribuyan a expandir y profundizar una democracia deliberativa, la que no puede existir si no se nutre de los tres mundos señalados: la academia, en este caso la actividad politológica, los políticos y la ciudadanía que se expresa en la opinión pública. Eventos como los que hemos comentado y especialmente un escenario académico mundial debieran permitir que este diálogo se fortalezca sin que ninguno de estos mundos pierda sus propias características y autonomía.

 

Las consideraciones anteriores cobran especial vigencia hoy cuando enfrentamos una de las peores dimensiones del malestar global, foco del Congreso Mundial de Ciencia Política Santiago 2009, cual es la actual crisis financiera mundial. Y ello porque precisamente lo que tiende a olvidarse es el carácter estrictamente político de esta crisis, motivada por el predominio de la concepción restrictiva del papel del Estado y la hegemonía absoluta de los poderes fácticos económicos que se niegan a someterse al control de la voluntad democrática. Reflexionar sobre las nuevas formas de regulación y subordinación de las fuerzas de mercado, nacional y globalmente, a la soberanía popular, es decir, a la política, sin desconocer la autonomía relativa de ella, es una tarea urgente que requiere el encuentro mencionado entre el mundo de quienes toman decisiones y el de quienes intentan conocer y comprender el sentido profundo de los procesos sociales y las estrategias de los actores políticos de modo de reordenarlos en torno a lo un sabio llamara “la sociedad buena” , y nosotros diríamos, al menos la sociedad vivible para quienes sufren los embates de los grandes poderes.  

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